Análisis
China y la posibilidad de un progreso sin excluidos
2026-01-13    Fuente: Centro para las Américas    Autor: JESÚS SERRANO*

Desde mi punto de vista, el principal aporte de China al mundo, desde que decidió salir de su confinamiento histórico, es entender con paciencia los hallazgos de otras culturas, cultivarlo con estilo propio y, después, devolverlo al mundo con ese añadido, que en muchos casos pasa por ser una excelencia que refleja los milenios de conocimiento y filosofía de la civilización china.  

Me gusta en especial ese postulado en que, aunque no se tengan las grandes cantidades en el bolsillo, el mercado chino tendrá un producto de calidad a mi alcance. Eso se llama entender la civilización, más allá de hacer un negocio redondo. También es comprender que nadie debe quedar fuera del progreso y de la experiencia humana. Eso en sí, es entender el capitalismo como algo más que la depredación del otro a favor del beneficio propio. 

La moderna China ve a sus aliados como amigos y no como subordinados, lo cual ya es un gran aporte a las relaciones con el resto del mundo. El hecho de que a donde quiera que va China desarrolla infraestructura y comparte tecnología de punta, debería ser una razón suficiente para que la mayoría de las naciones del mundo elijan al país asiático como socio comercial, cultural e incluso ideológico. 

En el caso de América Latina, el tema es todavía más relevante, porque China, como potencia externa, ha decidido invertir billones de dólares en ayudar al desarrollo económico de toda la región. Esto constituye un fenómeno sin precedentes en la mayoría de los países sudamericanos, históricamente considerados zonas de influencia tanto de los países europeos como de Estados Unidos, que  a menudo ha tratado a la región como su “patio trasero”, ignorando su milenario pasado y riqueza cultural. 

Esas relaciones a pie de igualdad, en que ambas partes, tanto China como poder global con necesidad de recursos para potenciar su desarrollo, como países que por siglos han sido despojados por sus recursos sin recibir a cambio más que sueldos y salarios (de esclavitud, sin derechos), pueden ser las grandes cartas de la civilización china para convertirse en la primera potencia global realmente civilizatoria de la historia. 

Lejos de la doctrina Monroe (América para los americanos) de los estadounidenses, China propone un esquema de cooperación basado en el intercambio de recursos y el desarrollo de las regiones que lo necesiten. Esto representa más de lo que históricamente ofrecieron los países europeos y Estados Unidos, que durante siglos trataron a estos territorios como simples fuentes de riqueza. Incluso ejemplos recientes, como las políticas de Trump hacia Venezuela, muestran que esa visión de imposición y arbitrariedad persiste. 

Si China puede trasladar su modelo de desarrollo, se trataría de un cambio de paradigma que, a mi parecer, ninguna nación en el mundo podría ignorar.

Por eso, compartir avances como los trenes bala, la ingeniería de puentes, la arquitectura de aeropuertos y otras magnas obras, así como los avances médicos en investigación y tecnología de punta que mejoran la calidad de vida de las personas, no solo genera negocios en otras latitudes. Si estos proyectos dejan beneficios reales más allá de una simple renta económica, estaríamos ante un modelo civilizatorio en el que una potencia global podría percibirse como positiva para la humanidad. 

Esa idea de que nadie debe quedarse fuera del progreso reviste una idea humana que los imperios modernos, como Gran Bretaña y Estados Unidos, basados en meritocracias, fallaron en entender, viendo al resto del mundo como un botín a conquistar, en lugar de reconocerlo como civilizaciones capaces de desarrollarse y alcanzar su pleno potencial.  

Si China llegara a convertirse en esa utopía en que cada ser humano, por el simple hecho de serlo, tiene derecho a vivir una vida plena, sus efectos se verán en las siguientes décadas. Lo que sí es cierto es que la explotación del hombre por el hombre el extremo darwinismo social, que se manifiesta hoy en políticas agresivas como las de Trump— no es el camino. En esto, los chinos parecen tener una comprensión clara, lo cual resulta alentador.

*Jesús Serrano es periodista mexicano.  

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