Análisis
Trump y el síndrome de Gulliver
2026-07-01    Fuente: Centro para las Américas    Autor: EVANDRO MENEZES DE CARVALHO*

 

17 de junio de 2026. Zona de exhibición de HarperCollins en la 32.ª Feria Internacional del Libro de Beijing, realizada en el Centro Nacional de Convenciones de China. Wei Yao 

DURANTE la visita de Estado de Trump a China, uno de los temas tratados fue la advertencia de Xi Jinping sobre la “trampa de Tucídides”, una expresión popularizada por el politólogo estadounidense Graham T. Allison para describir la inevitabilidad del conflicto entre la potencia dominante y la potencia emergente. El concepto se inspira en los escritos del historiador griego Tucídides sobre la Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta. Utilizando una analogía histórica, Allison llama la atención sobre una tendencia estructural hacia la confrontación armada directa entre las dos grandes potencias. “¿Podrán China y Estados Unidos trascender la llamada ʻtrampa de Tucídides’ y forjar un nuevo paradigma para las relaciones entre grandes potencias?”, preguntó Xi en su discurso de bienvenida al presidente estadounidense el 15 de mayo.

Me gustaría añadir otra metáfora para comprender mejor el desafío que plantea la relación entre China y Estados Unidos. Se trata de lo que denomino el “síndrome de Gulliver”, que afecta al presidente estadounidense. En la obra clásica Los viajes de Gulliver (1726), del irlandés Jonathan Swift, el gigante Gulliver queda inmovilizado por innumerables personas diminutas que habitan la isla de Liliput. La alianza de los más débiles prevaleció sobre el más fuerte. La lógica de que “la unión hace la fuerza” nos recuerda las fábulas de Esopo (siglo VI a. C.) y la lección de que un solo palo es frágil, pero varios juntos se vuelven irrompibles. Trump nunca ha ocultado su preferencia por las negociaciones bilaterales en lugar de las cumbres mundiales o las reuniones multilaterales. Como la mayor potencia del mundo, Estados Unidos sabe que en una negociación bilateral siempre estará en una posición de ventaja y, en consecuencia, tendrá mayor poder de negociación. Sin embargo, fuera de la isla de Liliput, algunos Estados no son tan pequeños; muchos están unidos en torno a agendas comunes, y otros —como China— están casi al mismo nivel que Estados Unidos.

En 2005, el economista estadounidense C. Fred Bergsten, quien se desempeñó como asistente de Henry Kissinger en asuntos económicos internacionales, acuñó el término “G-2” (Grupo de los Dos) para referirse a la agrupación informal entre Estados Unidos y China. El concepto cobró fuerza durante la administración de Obama y tuvo buena acogida en China. Hubo muchas razones para ello: son las dos mayores potencias industriales y comerciales, y también los dos mayores contaminadores del mundo. En ese momento, el entorno diplomático aún era propicio para la cooperación entre ambas naciones con el fin de abordar la crisis financiera de 2008, el cambio climático, el conflicto entre Israel y Palestina y otros temas. Sin embargo, la propuesta del G-2 no fue bien recibida por los demás países del G-7 o del G-20, que temían ser degradados o ;">En los últimos años, la competencia estratégica entre las dos potencias se ha intensificado, sobre todo en razón de las actitudes proteccionistas y unilateralistas de Estados Unidos hacia China. El Gobierno de Xi Jinping, más cauteloso, no ha abrazado la idea de un G-2, sino que ha desarrollado el concepto de “diplomacia de gran potencia con características chinas”, que aboga por un papel más activo de China en las relaciones exteriores, basado en los principios de no confrontación, respeto mutuo y cooperación beneficiosa para ambas partes. Además, el Gobierno chino se ha acercado al Sur Global, en plena convergencia con el compromiso de la diplomacia china con los principios de la Conferencia de Bandung (1955). La visita de Estado de Putin, cuatro días después de la visita de Trump a Beijing, es otra señal clara de que China rechaza conceptualmente la idea de un G-2. Sin embargo, ¿nos enfrentaríamos a un G-3? A la UE-27 no le gustaría. Y a Trump tampoco.

 

13 al 14 de abril de 2026. Una jugadora china y un jugador estadounidense se toman una selfie durante un acto conmemorativo por el 55.º aniversario de la diplomacia del ping-pong entre China y Estados Unidos en Shanghai. Xinhua

Cuando Xi lo llevó a visitar Zhongnanhai, la residencia y lugar de trabajo de los líderes del Gobierno central, Trump preguntó si se había llevado allí a algún otro dignatario extranjero. “Muy pocas veces”, respondió Xi, y añadió: “Putin ha estado aquí”. En varias ocasiones antes de esta reunión, Trump se refirió a sus encuentros con Xi como el G2. En uno de sus mensajes, escribió: “¡EL G2 SE REUNIRÁ PRONTO!”. A Trump parece gustarle esta idea por la “exclusividad” que aporta a la relación con China. Pero China parece entender que se impone por necesidad. Tienen visiones y enfoques diferentes. Y China, a diferencia de Estados Unidos, ha apostado por el multilateralismo y por desarrollar iniciativas que amplíen las alianzas. Aquí es donde el síndrome de Gulliver de Trump podría empeorar.

China fue el primer gran país en adoptar una política de arancel cero para todos los países africanos con los que mantiene relaciones diplomáticas. En América Latina y el Caribe, ha sido un socio confiable y ha llevado a cabo una agenda diplomática centrada en promover el desarrollo económico y social a través de proyectos de infraestructura, inversiones e intercambios en diversos ámbitos. Brasil fue el principal destino mundial de la inversión china en 2025, superando a Estados Unidos. Las inversiones chinas se distribuyeron principalmente en la transición energética, la infraestructura, la minería y el sector automotriz. En la cuarta reunión ministerial del Foro de China y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Foro China-CELAC), Xi Jinping lanzó cinco programas para un futuro común que se centran en la solidaridad, el desarrollo, las civilizaciones, la paz y los pueblos. Todos estos programas tienen como objetivo promover una cooperación más estrecha entre China y los países latinoamericanos.

Con motivo de este Foro China-CELAC, Xi Jinping destacó que China siempre estaría al lado de los países de América Latina y el Caribe y colaboraría con ellos para escribir un nuevo capítulo en la construcción de una comunidad de futuro compartido. Al fin y al cabo, como enseña la fábula El anciano y el haz de leña, la unión hace la fuerza. No es difícil ver que la política exterior china contrasta totalmente con el Corolario de Trump establecido en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, publicada a finales del año pasado. China no exige una alineación incondicional, ni amenaza con una intervención armada. Para América Latina y el Caribe, China ha sido una potencia constructora (con sus inversiones y proyectos de infraestructura) y constructiva (con su diplomacia pacífica y mutuamente beneficiosa), no una potencia destructiva. Una forma de desactivar la trampa de Tucídides es ayudar a Estados Unidos a deshacerse del síndrome de Gulliver. Nadie quiere atar al gigante. Pero tampoco nadie quiere ser pisoteado por él. Lo que se desea son buenas relaciones entre los países, por pequeños que sean. Así de simple.

*Evandro Menezes de Carvalho es redactor jefe de la revista China Hoje, profesor visitante en la Universidad Politécnica de Macao y catedrático de la cátedra Wutong en la Universidad de Lengua y Cultura de Beijing.

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