| Análisis |
| Modernizarse no es parecerse a otros | |
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30 de marzo de 2026. Wang Wei, embajador de China en Argentina, asiste a la ceremonia de inauguración del programa de formación de profesores de chino de la Universidad Nacional de Hurlingham de Argentina. Foto cortesía de la Embajada de China en Argentina EN un contexto global marcado por la transición hacia un orden cada vez más multipolar, la pregunta relacionada al desarrollo ha vuelto a ocupar un lugar central tanto en América Latina como en China. Sin embargo, esta discusión ya no puede formularse en los mismos términos del pasado. Durante décadas, el desarrollo fue presentado como una trayectoria lineal y universal. Modernizarse implicaba recorrer un camino previamente transitado por las economías industrializadas de Occidente. Bajo esta lógica, la modernización aparecía asociada a una idea de convergencia según la cual avanzar significaba parecerse cada vez más a un modelo externo considerado exitoso y universal. Pero la experiencia histórica de China y de América Latina cuestiona esa premisa. La modernización no equivale necesariamente a occidentalización. No existe una única senda hacia la modernidad. Los caminos son diversos, localizados y responden a trayectorias históricas específicas.
25 de julio de 2026. Un robot opera en un taller inteligente de troquelado en Lingshengcheng Technology (Jiangsu) Co., Ltd., una empresa dedicada a la fabricación de instrumentos de medición, en la ciudad de Yancheng, provincia de Jiangsu. Xinhua Repensar el desarrollo Desde el Sur Global, aquello obliga a repensar una pregunta fundamental: ¿cómo se pueden construir trayectorias propias de desarrollo capaces de articular modernización, autonomía e integración regional en un contexto de profundas interdependencias globales? En el siglo XXI, a estas dimensiones se suma además un nuevo desafío que consiste en fortalecer las capacidades necesarias para producir conocimiento estratégico y definir agendas propias de investigación e innovación. Distinguir entre modernización y desarrollo resulta fundamental. La modernización remite a procesos de transformación estructural —productiva, tecnológica, científica, urbana e institucional— que permiten ampliar capacidades materiales y organizacionales de una sociedad. El desarrollo, en cambio, plantea una pregunta diferente sobre para qué y para quiénes se llevan a cabo dichas transformaciones. Por eso, hablar de desarrollo implica recuperar una pregunta central: ¿qué significa desarrollarse, para qué y para quién? Desde una perspectiva latinoamericana, el desarrollo no puede reducirse al crecimiento del PIB ni al aumento de la productividad. Supone la capacidad de transformar estructuras productivas, tecnológicas, sociales, culturales y ambientales para ampliar el bienestar, reducir desigualdades y fortalecer capacidades colectivas de decisión. En ese sentido, el desarrollo no solo está determinado por la acumulación económica, sino también por la construcción de capacidades materiales, institucionales, sociales y simbólicas para definir el propio futuro. El desarrollo nunca ha sido una categoría neutral. Toda estrategia de desarrollo supone decisiones políticas sobre qué sectores priorizar, qué desigualdades reducir, qué capacidades fortalecer y, en última instancia, qué tipo de sociedad se busca construir. Aquí existe una convergencia relevante para el diálogo entre China y América Latina. Desde tradiciones históricas, intelectuales y políticas distintas, ambas han cuestionado la idea de que el desarrollo pueda reducirse exclusivamente al crecimiento económico o a la expansión de mercados. Desarrollo y autonomía En América Latina, las corrientes críticas del pensamiento del desarrollo han insistido en vincularlo con la justicia social, la reducción de desigualdades, el bienestar colectivo y, en algunas de nuestras tradiciones, con el buen vivir. En China, el desarrollo centrado en las personas subraya que la modernización no puede medirse únicamente por indicadores de productividad, sino que también debe incorporar la capacidad de mejorar concretamente la vida de la población. Aunque no se trata de categorías equivalentes, sí existen resonancias significativas en la búsqueda de modelos de desarrollo socialmente orientados. Pese a que el concepto de autonomía posee una elaboración particularmente rica en el pensamiento latinoamericano, la preocupación de fondo trasciende la región y tiene que ver con la capacidad de tomar decisiones autónomas en un sistema internacional atravesado por fuertes asimetrías de poder. En América Latina, la discusión sobre el desarrollo estuvo históricamente vinculada a dicha cuestión. Desde una perspectiva latinoamericana, la autonomía no remite a una autosuficiencia imposible ni a una desvinculación del sistema internacional. Refiere, más bien, a la capacidad de ampliar márgenes de decisión para definir estrategias propias. La autonomía, por lo tanto, no implica ausencia de interdependencia, sino la capacidad de gestionar esas interdependencias en términos menos subordinados y más favorables a las prioridades de nuestros países. En otras palabras, no se trata de salir del mundo, sino de negociar mejor el lugar que ocupamos en él. El desarrollo y la autonomía son, entonces, conceptos distintos pero profundamente relacionados. Un proyecto de desarrollo requiere capacidad para sostener decisiones estratégicas propias, pero al mismo tiempo, mayores capacidades de desarrollo pueden fortalecer los márgenes de autonomía. En este contexto, la integración regional ha ocupado un lugar central en el pensamiento latinoamericano y no constituye únicamente un proyecto diplomático o comercial. Para los países de la región, ha sido concebida también como una herramienta estratégica para ampliar sus capacidades de desarrollo y fortalecer sus márgenes de autonomía. Así, integrarse es articular soberanías para ampliar la autonomía política. Integración regional Considerados aisladamente, los países que conforman América Latina enfrentan fuertes limitaciones en términos de escala económica, financiamiento, capacidades científicas y tecnológicas y poder de negociación internacional, por lo que la integración regional puede ser vista como una vía capaz de superar esas restricciones y fortalecer las capacidades colectivas. Históricamente, la integración regional en América Latina no fue concebida únicamente como la mera ampliación de mercados. También fue pensada como una estrategia para construir bienes públicos regionales y reducir la dependencia externa en áreas críticas, incluyendo no solo infraestructura física o cadenas productivas, sino también capacidades compartidas en educación superior, ciencia, tecnología e innovación. En este punto, las universidades, los centros de investigación y las redes académicas han jugado un papel estratégico como actores de integración regional. La integración universitaria ha contribuido a la construcción de capacidades regionales mediante la movilidad académica, el reconocimiento de títulos, la investigación colaborativa y la producción conjunta de conocimiento e infraestructuras abiertas de ciencia. Al cimentar la confianza, institucionalizar la cooperación a largo plazo y sostener dinámicas de integración más allá de los Gobiernos de turno, dichas instituciones se han convertido en verdaderos actores en pos de la regionalización. En la actualidad, las dependencias están adquiriendo nuevas formas. Más allá de ser financieras, comerciales o productivas, también son tecnológicas, digitales y cognitivas. El poder global se está disputando crecientemente en torno al control de datos, la inteligencia artificial, plataformas tecnológicas e infraestructuras de conocimiento. Por ello, hoy la discusión sobre autonomía, modernización y desarrollo requiere incorporar una dimensión cada vez más estratégica relacionada a la autonomía epistémica. Autonomía epistémica Este concepto refiere a la capacidad de producir conocimiento relevante para comprender problemas propios, definir agendas de investigación estratégicas y construir criterios de evaluación acordes con nuestras realidades y prioridades. Implica también disputar quién define qué conocimiento cuenta, qué innovaciones se consideran valiosas y qué indicadores miden el progreso. La autonomía epistémica no implica aislarse de los circuitos globales del conocimiento, sino participar en ellos desde mayores capacidades de producción, negociación y reconocimiento. En este escenario, la cooperación entre China y América Latina puede adquirir un valor particularmente transformador. Su potencial más significativo no reside únicamente en el comercio o la inversión, sino en la posibilidad de profundizar formas de cooperación Sur-Sur en educación, ciencia, tecnología y cultura, que fortalezcan capacidades en ambas partes y amplifiquen la capacidad de agencia del Sur Global. Sin embargo, esta cooperación tampoco está exenta de tensiones. Las relaciones Sur-Sur no eliminan automáticamente las asimetrías de poder. También pueden reproducir dependencias —financieras, tecnológicas o extractivas— si no están orientadas por estrategias soberanas y agendas de desarrollo claramente definidas. Ese diálogo puede contribuir no solo a la modernización material, sino también a la construcción de estrategias de desarrollo más inclusivas, soberanas y orientadas al bienestar colectivo. En el caso de China, podría decirse que existe una resonancia con la idea de prosperidad común, mientras que desde América Latina, ello dialoga con nuestras tradiciones de justicia social y desarrollo inclusivo. Tal vez esta sea una de las discusiones más urgentes de nuestro tiempo. La cuestión ya no es cómo converger hacia un modelo único de modernización, sino cómo construir trayectorias plurales de desarrollo capaces de articular transformación productiva, autonomía política, integración regional y autonomía epistémica. Desde el Sur Global, el desafío no está en insertarse o aislarse, sino en construir capacidades colectivas para participar en el mundo en términos menos subordinados. Modernizarse, desde esta perspectiva, no es parecerse a otros: es ampliar la capacidad de decidir el propio futuro y mejorar la vida de nuestros pueblos. *Daniela Perrota es coordinadora del Foro Latinoamericano de Evaluación Científica. |
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