Análisis
Todo para una vida verde
2026-10-30    Fuente: Centro para las Américas    Autor: ANTONIO MALO LARREA*

Antonio Malo Larrea, investigador español interdisciplinar en medio ambiente, especializado en economía ecológica, ecología política y ecología humana. Foto cortesía del autor

NUETRO planeta está colapsando. Es real. Es un hecho que amenaza directamente la supervivencia de la humanidad, nuestra existencia. Es tan crudo como suena, y más grave de lo que se puede teorizar. Es una emergencia concreta, y que urge atender. Debemos hablar, debatir, dialogar, disentir y consensuar. 

Para una transición ecológica justa 

En 1997 Russel Mittermeier propuso la existencia de “países megadiversos”, entre los que se encuentran China y siete países de América Latina. Son 17 en total, y son megadiversos no solamente en razón de la diversidad de especies que se encuentran en sus territorios, sino también por la cantidad de ecosistemas distintos, y por la diversidad genética que se encuentra dentro de una misma especie. Por ello, los países megadiversos son vitales para la supervivencia de la humanidad. De esta manera, es fundamental que estos territorios esenciales para la continuidad de la vida humana, como América Latina y China, dialoguen y busquen caminos de desarrollo. 

Como en todo, hay una historia, una narrativa hegemónica y dominante sobre el colapso ecológico de nuestra casa, de nuestra tierra. Es un relato que sostiene que la tecnología va a solucionar todo (tecno-optimista), un relato acrítico y tecnocrático disfrazado de apoliticidad (y justamente ahí es donde reside su radicalidad política). Se trata también de un relato que enfrenta al desarrollo con la naturaleza, confundiendo desarrollo con bienestar humano, pero que al mismo tiempo culpa a la humanidad de violentar a esa naturaleza, en una suerte de oxímoron. Es en su esencia y origen una narrativa que separa a la humanidad de la naturaleza, que entiende a la humanidad como una suma de individuos, y no como una entidad sistémica, caótica, diversa y heterogénea. 

En contraste, las filosofías, cosmovisiones y los saberes ancestrales de los pueblos originarios, tanto de China, como de lo que hoy es América Latina, tienen entendimientos confluyentes. Son en esencia colectivistas (la comunidad como unidad y no el individuo), biocéntricos (la vida en el centro) y ecocéntricos (en el centro está la tierra, entendida a la vez como vida y como el hogar que sostiene y contiene a la vida y, por tanto, a la humanidad). Su disputa de los sentidos hegemónicos, sin embargo, es mucho más profunda, pues para que la persona se realice y trascienda, debe ser dentro del espacio de la comunidad y estando en armonía con ella. Así, la comunidad debe vivir en armonía con la vida y la tierra, la vida debe ser plena y digna, y la tierra debe estar sana. 

La transición ecológica que necesitamos se adapta, cambia, evoluciona y coevoluciona. Además, impugna los sentidos comunes, interpela lo posible y lo real desde su genética y su metagenómica más insondables. Debe luchar contra el epistemicidio y construir su conocimiento desde sus propias y dialogantes epistemologías. Debe resultar de las sabidurías ancestrales de los pueblos originarios del mundo. China puede, y debe jugar un rol fundamental, pues su sabiduría no solo es milenaria, sino que, a diferencia de otros pueblos, lleva milenios sistematizándola. América Latina, por otro lado, ha estado en un proceso permanente e intenso de diálogos interculturales de saberes, y ahora, además los está por fin sistematizando. En ese contexto, el diálogo de China con América Latina puede, y debe, sentar las bases para gestar una transición ecológica viva, justa, dinámica y resiliente.

20 de julio de 2024. Una niña observa el desfile de la Guelaguetza en la ciudad de Oaxaca, estado de Oaxaca, México. Xinhua

Frente a la crisis civilizatoria 

El colapso ecológico de nuestro planeta es también una crisis civilizatoria que es causado por el 1 % más rico y que afecta al 100 % de la población. Desde China y América Latina, debemos localizar la crisis ecológica en sus causantes, y terminar de culpar a toda la humanidad y sobre todo a las personas más pobres. El colapso ecológico de nuestro planeta no ha sido producido por todos por igual; ha sido causado por las élites de la humanidad, por la codicia y por la acumulación de capital. 

Diversos informes e investigaciones científicas han evidenciado que la crisis ecológica es un tema de clase, de codicia, de acumulación de capital, de desposesión y de trasladar costos de manera autoritaria. Son trabajos descarnados, claros, y con evidencia brutalmente sólida. 

Considero que la crisis ecológica la ha causado el Norte Global conformado por los países de renta alta. Las restricciones, limitaciones, exigencias, afectaciones y cambios en el acceso a los derechos y a los bienes comunes han sido tanto para la gente más pobre, explotada, ;">La disputa contra los discursos hegemónicos en el ámbito ambiental requiere que dejemos de hablar de recursos naturales, y que entendamos que son bienes comunes, de modo que los tratemos como tales, rebasando así una visión antropocéntrica y utilitarista. Según Catalina Toro Pérez (2020) “…los comunes no deben de ser entendidos meramente como objetos a ser protegidos por la ley o la institucionalidad estatal, sino que también son producidos mediante relaciones sociales, prácticas organizativas, vínculos y afectos. Por su capacidad de trascender lógicas meramente mercantiles, burocráticas y antropocéntricas, se constituyen como entramados comunitarios de relaciones de cuidado y producción de los comunes frente al modelo de desarrollo extractivo-patriarcal”. 

América Latina desempeña un papel clave en la oferta global de los “comunes”. Es decir, opera como exportadora neta de productos primarios de bajo valor agregado e importa bienes manufacturados con precios más altos. Esta es la condición para su articulación en el mercado internacional. China, por otro lado, ha pasado de ser la fábrica del mundo, a ser el motor global de la innovación y un ejemplo a seguir en la transición y soberanía energéticas. 

Los procesos globales de acumulación y reproducción del capital han estado mediados por la desposesión y el traslado autoritario de costos. Por ende, la reproducción del capital requiere la apropiación de medios de producción, de medios de existencia y de las personas. Las personas hemos sido desposeídas de nosotras mismas (se nos ha arrebatado no solo nuestra genética, sino también nuestra identidad y esencia), de nuestros territorios y de los “comunes”. Además, los costos incómodos (en salud, restauración ecológica, o descontaminación) han sido trasladados para que otros los asuman. De esa manera, el crecimiento económico ha sido sostenido en gran medida en la desposesión y en el traslado autoritario de costos, con el fin de garantizar la reproducción y acumulación del capital que está concentrado en el 1 % más rico. El crecimiento económico no ha buscado satisfacer las necesidades humanas, sino ampliar el consumo, lo que ha provocado un colapso ecológico debido a la demanda creciente de materiales y energía.

 

3 de septiembre de 2025. Cultivos plantados bajo paneles fotovoltaicos en la base Mengxi, desierto de Kubuqi, en la región autónoma de Mongolia Interior. Xinhua

Salidas posibles

La transición ecológica que podemos construir desde China y América Latina debe pasar por la eco-transformación de los Estados en consonancia con las filosofías de los pueblos originarios. En el caso de América Latina, necesitamos eco-Estados de justicia y convivialidad gestados desde la enorme diversidad de cosmovisiones de sus pueblos originarios, como el vivir sabroso, el Sumak Kawsay, o el Sumak Kamaña. Los Estados deben permitir gestar economías profundamente participativas, ecológicamente sustentables, cognitivamente decolonizadas y soberanas, socialmente justas, plurinacionales e interculturales, feministas y económicamente soberanas. 

Es esencial politizar la transición ecológica para dotarla con los significantes de dignidad humana, derechos, vida buena y calidad de vida. Necesitamos nuevos pactos sociales fundamentados en los “comunes”, en dignificar la vida en todas sus formas, en la cooperación y en la solidaridad. De esta manera, creo que es necesario proponer distintas luchas y transformaciones que son vitales para poder entrar en la senda de la transición ecológica. En ese sentido, creo que se debe luchar por un mundo multipolar, justo y ecológicamente sustentable, por una América Latina unida y por la democratización de los “comunes”, entre otros aspectos. 

El sustento vital de la humanidad está colapsando. Sin embargo, el diálogo y la cooperación desde las realidades y las identidades propias de China y América Latina pueden contribuir a evitarlo y a revertirlo. Por eso, es necesario tomar esta tarea y asumir este reto con total seriedad.

*Antonio Malo Larrea es investigador interdisciplinar en medio ambiente, especializado en economía ecológica, ecología política y ecología humana, y doctorado por el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales (ICTA) de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).

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