| Sociedad |
| Un viaje a través de las palabras | |
|
|
|
Antonio Rodríguez disfruta de una tarde de sol en un parque. EN medio de una profunda depresión y tras abandonar su carrera en guitarra clásica a principios de 2014, Antonio Rodríguez Durán comenzó a estudiar chino. Si bien este acto estuvo impulsado “más por evitar no hacer nada” que por una decisión verdaderamente consciente, lo cierto es que el chino le develó un mundo inesperado, que poco a poco, comenzó a devolverle la luz a su vida. Pero antes de eso también estuvo Pablo, su hermano, con quien no solo comparte un lazo sanguíneo, sino también intereses intelectuales y artísticos, que fueron pavimentando el camino para sus estudios futuros. “Fue su ejemplo, incluso más que su capacidad docente, lo que me llevó a tomar la decisión de aprender”, confiesa. “El amor de mi hermano por el chino fue sin duda lo que más me inspiró, y su pasión por la escritura y por el pensamiento daoísta me permearon profundamente”, agrega. Un camino inesperado Según cuenta el colombiano, ahondar en los matices de la lengua revolucionó su manera de ver la vida. “Escribir un carácter era como volver a ser niño y dibujar, ver cómo los radicales interactuaban para generar significado era como mezclar dos colores para obtener un tercero”, señala a propósito de sus primeros coqueteos con el idioma. “Cada aspecto me deslumbró, me conmovió y me hizo ver que, si esa lengua a la que llaman ‘la más difícil del mundo’ había resultado ser tan directa y amable, entonces mi angustia y mi dolor quizá podían tener una dimensión no tan oscura y total”, asegura. Por años, El Colegio de México ha sido reconocido como uno de los centros pioneros a nivel latinoamericano en los estudios de la cultura y el idioma chinos. Fue aquí, entre los pasillos y las aulas de esta legendaria institución educacional, donde Antonio conoció a su querida profesora Liljana Arsovska, quien lo impulsó a realizar su carrera en China. De esta forma, con una maleta de ropa en mano y otra llena de ilusiones, el joven colombiano aterrizó en septiembre de 2016 en China, para cursar la carrera de lengua y literatura china en la Universidad de Guizhou, ubicada en la ciudad de Guiyang, en el suroeste del país. Mientras se adentraba en los recovecos de la literatura clásica y moderna, también tuvo la oportunidad de participar en diversas actividades, como el V Seminario Internacional de Sinólogos, Traductores y Escritores celebrado en 2018, donde pudo conocer a “las mayores plumas de la literatura china”, como Mo Yan, Jia Pingwa, Yu Hua, entre otros. Esto, además, le fue abriendo nuevos espacios y la posibilidad de interactuar con gente diversa que enriquecieron tanto su vida académica como personal. Penetrando el universo de la traducción y la literatura Tras su tesis sobre la influencia de Gabriel García Márquez en la obra del escritor chino Xu Zechen, Antonio Rodríguez ha ido penetrando de a poco el vasto universo de la literatura y la traducción. Pero, pese a considerarlo un verdadero placer y privilegio, confiesa que también es un reto inmenso. “El traductor es un lector privilegiado, pero también tiene que ser un investigador y a veces incluso un detective”, manifiesta. Esto, porque una obra exige más que el mero acto de traducir las palabras de un idioma a otro, ya que más allá de una labor intelectual, se trata de un acto emocional. “Como si fuéramos imitadores o actores de doblaje, nuestra voz debe parecerse y embonar con la forma de las ideas del autor, pero no ser nunca una copia. Es un acto de interpretación, no uno de piratería”, asegura. Al preguntarle qué opinión le merece la literatura china y la hispanoamericana, Rodríguez señala que una de las primeras diferencias que salta de inmediato a la vista tiene que ver con sus orígenes. En ese contexto, menciona El clásico de poesía, una compilación de cantos bucólicos, poemas amorosos y solemnes himnos cortesanos que se remontan al siglo XI-VI a. C., versus La Araucana escrita a finales del 1500 d. C. por Alonso de Ercilla y Zúñiga, y el poema Primer sueño escrito por la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz un siglo después. Sin embargo, pese a los más de dos milenios que separan estas obras fundacionales de uno y otro lado, el colombiano asegura que, al contrastar la literatura como un todo, percibe más similitudes que diferencias. “La brutalidad es la misma en una obra de Yu Hua y una de Roberto Bolaño. El ojo agudo que escudriña los ángulos más insólitos de la historia en Li Jingze y en Borges viene de una misma erudición. La identidad pequinesa en Sobreviviendo en Beijing de Xu Zechen no es muy diferente a la bogotana en Los vagabundos de Dios de Mario Mendoza”, menciona, mientras detalla más parecidos entre autores emblemáticos de ambos lados. “Chen Peng y Eduardo Sacheri ven al mundo como una cancha de fútbol. Hay algo de Pablo Neruda en los poemas de Ouyang Jianghe, mucho de la mirada implacable a las estructuras de poder de Liu Zhenyun en las obras de Vargas Llosa y quizás más de lo que nos imaginamos en esa prosa difusa e inquietante que rezuma la literatura de Cortázar y la de Can Xue”, subraya. Entre las traducciones realizadas por Rodríguez, se incluyen Tándem chino-latinoamericano de Ge Liang, Zhao Zhiming y Kang Fu, La muerte de Camus de Chen Peng, Los cuarenta de la cuarentena, de Chen Peng, Shen Hong y Fei Yu, y Hola, Sancho Panza de Chen Peng, entre otros. Pero, lo que sin duda le he demandado mayor esfuerzo hasta ahora ha sido el libro Budismo y confucianismo, del doctor Lai Yonghai. En la obra, que el colombiano empezó a traducir a mediados de 2021, se entremezclan corrientes, escuelas, técnicas y prácticas, pero además, terminología que originalmente había estado en sánscrito, pali, e incluso, japonés. “Todo era un torbellino de la más rigurosa academia y llegó un punto en el que sentí que estaba inmerso en un laberinto”, admite. Esto lo obligó a detenerse y plantearse que quizá debía aterrizar la teoría, lo cual le llevó al camino de la meditación. “Fui a retiros de meditación, aprendí técnicas y me dediqué con toda la disciplina a experimentar eso de lo que hablaba la investigación del doctor Lai”, puntualiza. Y así, paso a paso, se fue dando cuenta que meditar era parecido a traducir. “Es encontrar el equilibrio más allá de los conceptos, apagar el juicio tajante de la mente y sentir dicha por la oportunidad de dedicarle un momento de mi presente a una palabra”, agrega. Además de su labor como traductor, Rodríguez también ha dedicado largas horas a la enseñanza del chino a otros latinos deseosos de acercarse más al idioma y la cultura. Para él, se trata también de un acto de retribución en razón de todo lo que el país le ha dado. “Contribuir a ampliar la visión que tenemos de China mediante la enseñanza de su lengua y cultura, romper con estereotipos y disipar mitos ha sido una tarea muy placentera”, comenta. Reconoce que está lejos de ser un experto en China, y que todos los días aprende algo nuevo, trayendo a la memoria al connotado filósofo y pensador Lao Zi, quien en su obra Dao De Jing menciona: “Saber que no sabes es superior, no saber lo que sabes es padecer”. Por eso, no tiene problemas en reconocer que sus alumnos también han sido sus maestros, pero que sin duda, China es la “Gran Maestra” en su vida. Regreso a China Tras aproximadamente cinco años fuera —lo que duró la pandemia a raíz del Covid-19— Antonio Rodríguez está nuevamente en China, esta vez en nada más ni nade menos que Beijing. Durante su licenciatura, Guiyang, hogar de aproximadamente seis millones de habitantes y capital de la provincia de Guizhou, se convirtió en el lugar que lo acogió, mostrándole las diversas caras de China. “Ese maravilloso lugar más cerca de Vietnam que de Beijing, lleno de verde, de comida picante y de campesinos de piel tostada, a veces me recordaba a la región de Boyacá, de donde es mi familia en Colombia”, asegura. En Beijing, donde está cursando una maestría en traducción chino-español en la Universidad de Estudios Extranjeros de Beijing (BFSU, siglas en inglés) gracias a una beca otorgada por el Centro de Cooperación Internacional para la Enseñanza de Lenguas (CLEC, siglas en inglés), afiliado al Ministerio de Educación de China, todavía se encuentra en proceso de adaptación. Y aunque no ha acabado de tomarle el pulso a la ciudad, ya puede apreciar una serie de cosas que destaca. “Puedo decir que su oferta cultural es enorme, el nivel académico de sus instituciones es extraordinario y la ciudad en sí es imponente”, expresa. Confiesa que la lejanía no es fácil, pero que le ayuda a poner las cosas en perspectiva y a darse cuenta de aquello que verdaderamente importa. Bromeando, declara que hay momentos en que le dan retortijones de panza de tanto extrañar, pero que rápidamente se le pasan con un buen té verde. “La verdad es que estoy acostumbrado a extrañar, pues saberse lejos de alguien es una forma muy íntima de sentirse cerca, pues traes a esa persona a tu mente, la invocas y cuidas su recuerdo”, manifiesta en relación a sus seres queridos, y en especial, a su esposa. “Esta nostalgia no es siempre dolorosa, pues me hace ser consciente de que solo son cercanos a quienes siento lejos”.
Algunas de las obras traducidas por Antonio Rodríguez publicadas por la Editorial Mil Gotas y El Colegio de México. Fotos cortesía del entrevistado |
|
||
|
|