Sociedad
De vuelta a la prosperidad
2026-01-29    Fuente: Centro para las Américas    Autor: ANTONY HARDI*

LA historia nunca ha sido impulsada por la comodidad, ni moldeada únicamente por la herencia. Sus momentos cruciales han surgido de aquellos que poseen juventud, convicción y valentía. El progreso comienza cuando los jóvenes no solo sueñan, sino que también actúan. A veces, la decisión más audaz no es correr hacia el brillo de las ciudades, sino regresar a la propia tierra, a las raíces y al hogar olvidado, y ayudarlo a florecer. 

Esta es la historia de Wang Ying, una joven que podría haberse quedado en la ciudad, pero que, en cambio, eligió regresar a las tranquilas colinas y bosques de bambú de la aldea de Longshan, en el poblado de Miaoxi, ciudad de Huzhou, provincia de Zhejiang. Pero su decisión no solo tuvo consecuencias para ella misma, sino que además abrió un nuevo capítulo para el campo chino, en el que el talento regresa a casa, en lugar de emigrar. 

Wang Ying en su aldea natal, Longshan, perteneciente al poblado de Miaoxi, ciudad de Huzhou, provincia de Zhejiang. Foto cortesía de la entrevistada

La decisión de retornar 

Wang, graduada de la Universidad Gongshang de Zhejiang, tenía un trabajo seguro y bien remunerado en el sector financiero. Poseía lo que muchos jóvenes profesionales anhelan: estabilidad, oportunidades y la vibrante vida de la ciudad. Pero otra pregunta la inquietaba: ¿Qué sucede con el pueblo que te vio crecer cuando todos los jóvenes se han marchado? ¿Quién cuida las casas antiguas, la cultura que se desvanece y a los ancianos que esperan en silencio a las puertas de sus hogares? 

El punto de inflexión para Wang llegó en 2017, durante su estancia en una pequeña casa de huéspedes en Vietnam. La hospitalidad local la conmovió profundamente y le recordó a su propio pueblo natal, con sus exuberantes colinas verdes y campos de té, un lugar olvidado, infravalorado y que envejecía lentamente. En ese momento, Wang se dio cuenta de que Longshan podría ofrecer la misma sensación de refugio y autenticidad, si tan solo alguien se atreviera a empezar. 

Así que, en 2018, renunció a su trabajo, hizo sus maletas y regresó a casa. 

La tierra seguía igual; el aire era puro y los bosques aún susurraban. Pero la aldea parecía haberse detenido en el tiempo. Las tiendas estaban silenciosas, las casas vacías y las oportunidades escasas. Podría haberse dado por vencida, pero en cambio, miró hacia el futuro. Donde otros veían decadencia, ella vio un lienzo en blanco. 

Ver promesas en lugar del pasado 

Wang no comenzó pensando en lo que le faltaba a la aldea, sino reconociendo lo que ya poseía: tierra, historia y una calidez rural que las ciudades jamás podrían imitar. Sin embargo, los recursos por sí solos no generan prosperidad; requieren visión, método y voluntad. 

Las antiguas casas de campo podían convertirse en acogedores alojamientos rurales. La cultura del té, con siglos de antigüedad, podía transformarse en experiencias únicas para los visitantes. Los habitantes locales que no contaban con empleo podían capacitarse como anfitriones, artesanos y narradores de historias. El trabajo podía regresar a aquellas manos que habían estado inactivas durante mucho tiempo, y la dignidad podía volver a quienes se habían sentido olvidados. 

El cambio, sin embargo, exigía más que ideas. Requería paciencia, diálogo y persuasión. De este modo, Wang fue de puerta en puerta, escuchando en lugar de dar órdenes, preguntando a los aldeanos qué esperaban, qué habilidades poseían y qué futuro imaginaban. La confianza creció lenta pero firmemente, y con ella, la colaboración. 

Viviendas en la aldea de Longshan. Foto cortesía de la entrevistada 

Una aldea vuelve a la vida 

Entre las casas abandonadas se alzaba un viejo edificio: desgastado, agrietado, pero aún en pie. Muchos aldeanos pasaban a su lado como si fuera un recuerdo. Wang se detuvo y visualizó la vida que alguna vez albergó. 

Reunió a carpinteros, constructores, jóvenes obreros, y ancianas que recordaban la casa en su esplendor. La restauraron con respeto, sin caer en la extravagancia: las paredes de arcilla se alisaron de nuevo, las vigas se reforzaron pero se dejaron a la vista, y los patios se iluminaron y se llenaron de plantas. La renovación se centró en la tradición del té del poblado de Miaoxi, lugar de nacimiento de El Clásico del Té, un libro sobre la cultura del té escrito por el erudito Lu Yu de la dinastía Tang (618-907). El diseño invitaba a los huéspedes no solo a alojarse, sino a sumergirse en la experiencia, a bajar el ritmo y a sentirse parte del lugar. 

Cuando las puertas se abrieron al público en junio de 2019, no había pancartas, solo la luz del sol, las sombras del bambú y té fresco en tazas de cerámica. En pleno auge de Xiaohongshu, una plataforma social también conocida como RedNote o “Pequeño Libro Rojo”, Wang compartió la casa rural en línea. Un tobogán, una piscina infinita y su serena belleza captaron una gran atención, con lo cual empezaron a llegar las reservas incluso antes de la inauguración oficial. 

Hubo huéspedes que viajaron desde Hangzhou, Shanghai, Beijing e incluso otros lugares. Llegaron en busca de sencillez, pero además encontraron paz. Las mañanas olían a niebla y hojas de té. Las tardes los llevaban a través de bosques de bambú o a talleres prácticos de elaboración de té con los ancianos del poblado de Miaoxi. Las noches terminaban con el sonido de las gotas de lluvia golpeando las tejas, como un viejo poema que viene a la mente. 

Miaoxi no era solo un lugar de alojamiento; era una experiencia. Y la prosperidad llegó con ella. 

Los ingresos del alojamiento rural no se concentraron en unas pocas manos. Se distribuyeron entre agricultores, tejedores, cocineros, personal de limpieza y narradores de historias. 

Los aldeanos mostraron habilidades de hospitalidad. Los ancianos enseñaron a los visitantes a tejer cestas de bambú. Las mujeres, que antes pensaban que tenían poco que ofrecer, comenzaron a impartir talleres de encurtidos o a coser colchas para las habitaciones de los huéspedes. Incluso las verduras adquirieron un nuevo valor: ya no eran solo productos agrícolas, sino platos arraigados en la tierra y las estaciones. 

Con el trabajo llegó la rutina, y con la rutina, la dignidad. La risa regresó a los patios, las persianas se abrieron a la luz del sol y las pisadas resonaron en los caminos antes silenciosos. Miaoxi dejó de ser un punto olvidado en el mapa. Se convirtió en un lugar que merecía la pena visitar, en el que merecía la pena invertir y al que merecía la pena regresar. 

26 de marzo de 2023. Agricultores recogen té en un jardín de té en el distrito de Wuxing, ciudad de Huzhou, provincia de Zhejiang. Xinhua 

La agricultura se convierte en identidad 

El turismo revitalizó los ánimos, pero la agricultura siguió siendo la esencia de la aldea. Pese a la alta calidad del té, los brotes de bambú y los cultivos de temporada de Longshan, estos seguían vendiéndose a bajo precio a través de intermediarios. Wang vio el potencial en la creación de marcas y la narración de historias. Con un mejor empaquetado y control de calidad, los productos agrícolas comunes se convirtieron en productos culturales: regalos que transmitían el aroma de la tierra y la historia. 

La agricultura dejó de ser una actividad humilde; se convirtió en algo significativo, estético y valioso. 

La transformación más profunda se produjo entre los ancianos. Muchos solo esperaban una vejez tranquila. Sin embargo, con el renacimiento de la industria, redescubrieron su valor. Una mujer experta en encurtidos se convirtió en maestra; un artesano jubilado enseñó a tejer a los niños; los adultos mayores se convirtieron en guardianes de la memoria, valorados por su experiencia en lugar de ser simplemente tolerados por su edad. 

Hasta la fecha, los proyectos culturales y turísticos han creado más de 50 empleos permanentes y más de 3000 oportunidades de empleo flexible en la aldea de Longshan. El ingreso per cápita de los aldeanos ha aumentado en más de 30.000 yuanes (4248 dólares) y tan solo en el año 2024, los ingresos colectivos de la aldea alcanzaron 1,38 millones de yuanes (195.400 dólares). Sin embargo, las cifras solo cuentan una parte de la historia. Lo que más cambió fue la confianza. 

La aldea se convirtió en un lugar no solo para vivir, sino también para soñar y aspirar a un futuro mejor. 

La historia de Wang no es simplemente personal. Representa el futuro del campo chino: moderno no por urbanizarse, sino por convertirse en su esencia más auténtica. 

Su trayectoria nos recuerda que el progreso no siempre exige partir. A veces, el paso más importante es regresar a casa: a la tierra, a las raíces, a los lugares que la historia casi olvidó. Cuando los jóvenes regresan, las aldeas florecen. Cuando las aldeas florecen, la nación prospera.

*Antony Hardi es periodista de Indonesia de la revista China Report ASEAN

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