Sociedad
Del lago Weiming a Malawi
2026-04-28    Fuente: Centro para las Américas    Autor: DONASIUS PATHERA*

 

8 de noviembre de 2024. Empleados locales participan en un curso de capacitación organizado por una empresa china en el distrito de Nsanje, en la Región Sur de Malawi. Xinhua 

EL viento seco barre el lago Malawi, arrastrando el fino polvo de la tierra roja, cálido y denso contra mi rostro. Frente a mí, sobre este suelo rojizo, prosperan nuevas variedades híbridas de maíz —resultado del cruce entre germoplasma chino y semillas agrícolas locales de Malawi—, cuyas hojas esmeralda se agitan con fuerza al viento. Cada vez que contemplo este campo, mi corazón se acelera sin darme cuenta. Tal vez no se entienda por qué un campo de maíz podría hacerme llorar, pero después de escuchar mi historia, se comprenderá: lo que crece aquí no es solo grano, sino la esperanza de Malawi de liberarse de la pobreza y la fuerza de las naciones del Sur Global avanzando juntas. 

En Malawi, las cicatrices del colonialismo son profundas. Desde la independencia en 1964, pasamos por un modelo dependiente de la agricultura bajo un régimen autoritario, reformas de mercado lideradas por Occidente y una senda de desarrollo basada en la ayuda internacional; sin embargo, nunca hemos logrado librarnos de las cadenas de una economía de monocultivo. Forzados durante la época colonial a una monocultura del tabaco, carecemos de un sistema productivo local básico, permanecemos atrapados en una fragilidad económica persistente y, hasta el día de hoy, dependemos de las importaciones de alimentos. 

El establecimiento de relaciones diplomáticas entre China y Malawi en 2007 abrió nuevas posibilidades para el desarrollo del país. Como economista preocupado desde hace tiempo por el desarrollo nacional, comencé a seguir de cerca la trayectoria económica de China y sus proyectos de cooperación internacional. 

Tomé entonces una decisión que cambiaría mi vida: viajar a Beijing, China, para cursar un doctorado en el Instituto de Cooperación y Desarrollo Sur-Sur (ISSCAD, por sus siglas en inglés) de la Universidad de Beijing. En ese momento, muchos de mis colegas se habían dedicado a seguir el camino establecido, aplicando directamente modelos de desarrollo occidentales a los países africanos. Pero yo sabía que el desarrollo nunca podría ser un producto importado, sino que requiere prácticas arraigadas en el suelo local. Más tarde, en 2020, cuando Malawi se incorporó oficialmente a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR), la sinergia entre el Foro de Cooperación China-África y dicha iniciativa trajo mejoras tangibles en infraestructura, agricultura y electricidad, reforzando aún más mi decisión. 

En el ISSCAD conocí a compañeros de todo el Sur Global: urbanistas, agrónomos, responsables de políticas públicas. Proveníamos de contextos culturales diversos, pero compartíamos una convicción esencial: no existe un modelo único de desarrollo, y ningún país puede transformarse copiando a otros. El ascenso de una nación reside precisamente en alinear el conocimiento global con las realidades locales, diseñando estrategias adaptadas a su población, sus instituciones y su potencial de desarrollo. Esta fue la primera y más profunda lección que me brindó la escuela: creer en uno mismo y, aún más, creer en el propio país. 

A través de un estudio profundo junto a los profesores del ISSCAD, adquirí una comprensión completamente nueva del desarrollo. Gradualmente comprendí que el marco de la economía del desarrollo occidental no es universal. 

Durante mis estudios, recorrí China junto con la escuela y fui testigo directo de cómo la teoría se convertía en realidad. Desde laboratorios de mejoramiento genético en centros de innovación agrícola hasta los campos de cooperativas rurales; desde líneas de producción en parques de alta tecnología hasta aldeas modelo de vigorización rural, comprendí que la lógica central del desarrollo es consistente: el progreso exige inversión paciente, apoyo institucional coordinado y, sobre todo, estrategias deliberadas y firmes. 

Esta comprensión me liberó por completo de las limitaciones de los marcos antiguos. Comencé a centrarme en la problemática agrícola de Malawi: pese a ser un país agrícola, durante mucho tiempo hemos enfrentado desafíos de seguridad alimentaria, con una producción fragmentada de pequeños agricultores, baja resiliencia al riesgo y débil conexión con los mercados. Con estas cuestiones en mente, profundicé en el modelo de cooperativas agrícolas de China y en sus experiencias de reducción de la pobreza industrial, especialmente en cómo pequeños productores dispersos habían sido organizados mediante un enfoque de “orientación gubernamental + operación de mercado + participación campesina”, para liberar las cadenas de producción y comercialización. 

Un viaje de investigación a una base agrícola en la provincia central de Hubei me dejó profundamente impresionado. La zona dependía principalmente de pequeños agricultores, que tenían dificultades para vender sus productos y enfrentaban precios bajos. Posteriormente, el Gobierno lideró la creación de cooperativas, proporcionando semillas mejoradas, capacitación técnica y canales de mercado de manera unificada. De esta forma, los agricultores comenzaron a aportar tierra o trabajo por un lado, y a compartir los beneficios proporcionalmente por otro. ¿Acaso no anhelan los agricultores de Malawi esa misma seguridad? 

En otra ocasión, encabecé un viaje a China con un equipo de expertos malauíes, esta vez enfocado en tecnologías agrícolas de vanguardia. En Mongolia Interior, estudiamos sistemas de mejoramiento genético de ganado y aves basados en genómica, observando cómo los investigadores aumentaban el rendimiento y la calidad mediante una selección de precisión. En Hubei, ingresamos a un sistema hortícola con inteligencia artificial y fuimos testigos de cómo el big data y el Internet de las cosas han servido para potenciar la producción agrícola. 

Al regresar a mi país, transformé lo aprendido en acciones concretas. Como funcionario de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), encargado de coordinar proyectos de cooperación Sur-Sur en Malawi, mi tarea principal es adaptar tecnologías y modelos institucionales probados de otros países en desarrollo —especialmente de China— a los desafíos agrícolas de Malawi, siguiendo un principio fundamental: adaptación, no réplica. 

En base a la experiencia de cooperativas de China y combinándola con la estructura comunitaria rural de Malawi, promovimos la creación de Asociaciones Comunitarias de Desarrollo Agrícola. Mediante estas no solo se proporcionaron semillas de alta calidad y capacitación técnica, sino que también se establecieron plataformas de compra centralizada y venta unificada, reduciendo eficazmente los costos de insumos y aumentando los precios. Gracias a ello, en la actualidad, el rendimiento de maíz en las zonas piloto ha aumentado de menos de 4,5 toneladas por hectárea a más de 7,5. 

Mis estudios en China transformaron mi visión del mundo y fortalecieron mi fe en el poder de la cooperación del Sur Global. Las naciones con historias, luchas y aspiraciones de desarrollo compartidas pueden intercambiar experiencias más pertinentes, y el respeto mutuo y el apoyo recíproco hacen posible resolver problemas de manera conjunta. 

El primer puente de cooperación que construí en el ISSCAD ahora se extiende a todos los aspectos de mi carrera. La red de exalumnos de la institución abarca más de 70 países, constituyendo el apoyo más sólido en mi labor. 

Como testigo y participante de la Iniciativa de la Franja y la Ruta en Malawi, también he reflexionado ampliamente sobre el fenómeno de la “fobia a la IFR”. He observado que los malentendidos y preocupaciones en distintas regiones provienen en gran medida de la escasez de información y la falta de transparencia. 

El año 2026 marca el décimo aniversario del ISSCAD. De pie sobre la tierra roja de Malawi, al mirar atrás —desde un estudiante junto al lago Weiming hasta uno de los coordinadores de la transformación agrícola del país—me invade un profundo sentimiento de gratitud y orgullo. 

Al celebrar el décimo aniversario de la institución, en realidad celebramos a una nueva generación de profesionales empoderados del Sur Global: por fin tenemos el valor de dejar atrás modelos rígidos de desarrollo y hallar soluciones propias para nuestros países. También reafirmamos una convicción: el Sur Global no se define por sus dificultades, sino por nuestra capacidad de innovar, aprender y avanzar juntos. 

Hoy, en la tierra roja de Malawi, los cultivos crecen cada vez más frondosos, y el puente de la cooperación Sur-Sur continúa extendiéndose. Me mantendré fiel a mi vocación inicial, seguiré trabajando por el desarrollo agrícola de Malawi y contribuiré a la colaboración del Sur Global. Esta exploración del desarrollo, que comenzó junto al lago Weiming en Beijing, la continuaré junto a innumerables compañeros de camino.

*Donasius Pathera es oficial de políticas en la oficina de Malawi de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. 

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