Sociedad
Un viaje de introspección
2026-04-28    Fuente: Centro para las Américas    Autor: MAGDALENA ROJAS

HAY trayectorias artísticas que parecen avanzar siguiendo una lógica clara, casi lineal, y otras que se construyen como un tejido de experiencias y revelaciones íntimas. La de Mauricio Paz Viola pertenece a este segundo grupo: una deriva consciente donde la vida y la obra se entrelazan hasta volverse indistinguibles. Pintor uruguayo, formado entre América y Asia, su universo creativo no responde a programas rígidos ni a discursos explícitos. Más bien, se despliega como una búsqueda constante de lo invisible, de aquello que no puede nombrarse pero que insiste en manifestarse a través de la forma, el color y la materia.

Distintas formas y tonos atraviesan este cuadro fuertemente influenciado por el arte surrealista.

Más allá de la razón 

Oriundo de Carmelo, una pequeña ciudad a orillas del río en Uruguay, Paz Viola inició su vínculo con el arte de manera temprana. Tenía apenas 14 años cuando comenzó a asistir a un taller de pintura al óleo. Aquella experiencia inicial no solo le permitió adquirir herramientas técnicas, sino que le abrió una puerta hacia algo más profundo: la posibilidad de habitar otros mundos. Pronto empezaron las primeras exhibiciones, los intercambios con otros jóvenes artistas y la participación en proyectos colectivos que combinaban pintura, performance, cine y música. Ese entorno creativo, espontáneo y colaborativo, fue fundamental para que entendiera el arte no como un ejercicio aislado, sino como un fenómeno vital, con impacto real en la sensibilidad de las personas. 

Sin embargo, hay huellas que quedan grabadas incluso antes de que uno sea consciente de ellas. Paz Viola recuerda una escena de su infancia con particular claridad. “Tenía apenas siete años cuando, sentado en un banco de clase, abrí un libro de texto y una imagen me impactó profundamente”, recuerda. En ese entonces, no sabía quién era el autor, ni entendía del todo lo que estaba viendo, pero algo en esa pintura lo interpeló de manera irreversible. Años después, ya viviendo en Chile, descubriría que aquella obra pertenecía al pintor chileno Roberto Matta, uno de sus principales referentes artísticos. 

La influencia de Matta, junto con la del artista Javier Gil, ha sido central en su desarrollo. Pero más allá de lo formal o estilístico, lo que Paz Viola recoge tiene que ver con la construcción de universos interiores. En sus palabras, se trata de explorar ese umbral donde la imagen deja de ser representación y se convierte en experiencia. Un territorio donde lo psicológico, lo emocional y lo espiritual convergen sin necesidad de explicaciones. 

Un cuadro de Mauricio Paz Viola bajo la tenue luz de la tarde. 

Esa misma lógica atraviesa su propia obra. Lejos de buscar mensajes directos o narrativas cerradas, Paz Viola propone una experiencia abierta. Sus pinturas no tienen título, y esa decisión no es menor: implica una renuncia consciente a guiar la interpretación del espectador. En lugar de ofrecer respuestas, sus obras funcionan como portales, de tal forma que quien observa puede proyectar sus propias emociones, recuerdos o intuiciones. 

“La idea no es que el espectador entienda algo racionalmente”, señala, “sino que experimente algo esencial”. En ese sentido, su trabajo se inscribe en una tradición que privilegia lo sensorial por sobre lo discursivo, lo intuitivo por sobre lo explicativo. La espiritualidad que atraviesa su obra no remite a lo religioso ni a sistemas dogmáticos, sino a una dimensión más íntima: un espacio psicológico donde el individuo se confronta consigo mismo. 

Este enfoque también se refleja en su proceso creativo. Frente al lienzo en blanco, Paz Viola evita cualquier tipo de planificación previa. “Trabajo siempre de esa manera, con esa incertidumbre de no saber de antemano nada de la imagen que voy a crear, utilizando el estado de ánimo y las emociones como una antena para captar el momento”, explica. De este modo, su punto de partida es siempre una mancha, un gesto inicial que luego se va transformando a través de capas sucesivas de color. 

La música juega un papel clave en este proceso. Suele pintar acompañado de sonidos ambientales, música barroca, electrónica o new age. A esto se suma su sensibilidad hacia la luz natural: trabaja principalmente durante el día, y reconoce que las variaciones estacionales influyen directamente en su paleta y en la atmósfera de sus obras. 

Esa apertura también ha marcado su trayectoria vital. Desde sus primeros años en Uruguay, su camino lo llevó a Chile, donde vivió durante varios años y donde conoció a quien sería su compañera de vida: una estudiante china que se encontraba de intercambio académico. Se casaron en 2012 en Santiago, y poco tiempo después iniciaron un recorrido que los llevaría a Estados Unidos —primero a California, luego a Nueva York— antes de establecerse finalmente en Beijing en 2019. 

 

El artista uruguayo posa junto a algunas de sus obras en su estudio ubicado en Songzhuang. 

Nuevos paradigmas 

Para el artista uruguayo, la llegada a China representó un punto de inflexión: se trataba de un territorio completamente nuevo; para su esposa, un regreso después de años de ausencia. El impacto inicial fue fuerte: la escala de la ciudad, su organización, las diferencias culturales. Sin embargo, lejos de generar rechazo, esa alteridad se convirtió en un estímulo. 

Uno de sus primeros movimientos fue sumergirse en la escena artística local. Visitó el distrito 798, epicentro del arte contemporáneo en Beijing, donde se concentran numerosas galerías y espacios culturales. Ese contacto temprano le permitió entender las dinámicas del medio, así como las particularidades del gusto local. 

Sin embargo, al poco tiempo, irrumpió la pandemia de COVID-19. Durante tres años, las restricciones marcaron el ritmo de la ciudad y, en consecuencia, el suyo propio. Pero lejos de paralizar su producción, ese período se transformó en una etapa de introspección y desarrollo, en que continuó trabajando en proyectos que había iniciado en Nueva York, al tiempo que exploraba nuevas líneas adaptadas a su contexto en China. 

En 2021 estableció su estudio en Songzhuang, la mayor comunidad de artistas del país, ubicada a unos 25 kilómetros del centro de Beijing. Desde entonces, Paz Viola ha construido una rutina que combina el trabajo intensivo en su estudio de lunes a viernes, con los fines de semana en la ciudad. 

La recepción de su obra en China ha sido, en general, positiva. Su estilo, marcado por lo abstracto y lo espiritual, se diferencia de las tendencias más dominantes en el arte local, donde la pintura figurativa y expresionista tiene un peso considerable. “El público ve mi obra de una manera diferente a lo que está acostumbrado: ciertas formas, efectos y colores que no están relacionados con el arte chino”, se han convertido en un rasgo distintivo que despierta interés. 

Mauricio Paz Viola da vida a una obra donde destacan los tonos grises y formas cóncavas. Fotos cortesía del entrevistado 

A lo largo de los últimos años, ha participado en diversas exposiciones, tanto colectivas como individuales, en galerías, museos y espacios culturales. En 2022, incluso, sus obras fueron exhibidas en pantallas LED del metro de Beijing, ampliando su alcance a un público masivo. Su vínculo con el Can Art Center, una de las galerías contemporáneas más prestigiosas de la ciudad, ha sido especialmente relevante y fue el espacio donde realizó su propia exposición individual titulada Light, Embodied, en 2023, la cual además estuvo acompañada por un catálogo bilingüe con textos críticos. 

Asimismo, su trabajo ha sido difundido en publicaciones y revistas, incluyendo una revista de circulación en vuelos comerciales dentro de China, lo que da cuenta de su creciente visibilidad en el país. 

A pesar de este reconocimiento, Paz Viola mantiene una postura reflexiva respecto al sistema artístico. Observa con atención las diferencias entre Oriente y Occidente: no solo en términos estéticos, sino también en las formas de relacionarse, en los tiempos y en las expectativas. Si en América Latina percibe una cierta urgencia y una intensidad inmediata, en China destaca la paciencia, la estrategia y la construcción a largo plazo, todo lo cual ha sido una importante fuente de aprendizaje. 

El uruguayo ha encontrado afinidades con ciertos artistas chinos, especialmente aquellos que, como él, exploran una dimensión espiritual en su trabajo. La figura de Chu Teh-Chun aparece como una referencia significativa, no solo por su lenguaje abstracto, sino por su trayectoria migrante y su capacidad de integrar influencias culturales diversas. Otros nombres, como Wu Guanzhong o Huang Yuxing, también forman parte de su mapa de intereses. 

Mirando hacia el futuro, Paz Viola evita trazar planes demasiado rígidos. Se describe a sí mismo como “el agua”, alguien que se deja llevar por la corriente sin perder la atención sobre el entorno. Esa actitud no implica falta de ambición, sino una forma distinta de proyectarse. 

Le interesan especialmente los museos chinos, espacios donde la escala y la arquitectura ofrecen posibilidades únicas para la experiencia artística. “Siempre he imaginado mis obras habitando esos espacios, dialogando con obras de otros artistas y dándoles el interés que las obras merecen”, manifiesta. Al mismo tiempo, Paz Viola siente curiosidad por explorar otros formatos –colaboraciones con músicos, creación de libros, proyectos de proyección en 3D o experiencias inmersivas– que le permitan ir más allá del lienzo y ahondar en otros lenguajes “donde lo visual puede expandirse hacia lo sensorial y lo espacial”. 

Uno de los rasgos distintivos que define a Mauricio Paz Viola no es solo su obra, sino la coherencia entre su práctica artística y su forma de estar en el mundo. En un contexto donde muchas veces se privilegia la inmediatez o la espectacularidad, su propuesta se sostiene en la introspección, la paciencia y la apertura a lo desconocido. Sus pinturas no buscan imponerse, sino invitar. No explican, sugieren. No cierran, abren. 

Y tal vez ahí radique su mayor fuerza: en esa capacidad de generar un espacio donde el espectador, por un instante, deja de mirar hacia afuera y comienza —sin darse cuenta— a mirar hacia adentro.

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