| Sociedad |
| Una tarjeta postal china | |
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EN China, el horizonte es vertical. Las ciudades crecen hacia arriba y son consideradas diminutas si tienen dos millones de habitantes. Incluso en el campo florece el cultivo de los rascacielos. Shenzhen, al sureste del país, pasó en poco más de cuarenta años de ser un lugar modestamente habitado a convertirse en una zona económica especial, donde viven más de 17 millones de personas.
19 de junio de 2026. Celebración del 2026 Guangdong-Hong Kong-Macao Dragon Boat Invitational en el distrito de Futian, Shenzhen, provincia de Guangdong. Materializando un sueño “Huawei fue en el pasado un sueño que ahora es realidad”, me dijo una funcionaria de la empresa, donde lo imposible ha dado lugar a objetos reales de uso cotidiano, incluidos relojes inteligentes, teléfonos y computadoras de última generación, y anteojos que pueden tomar fotografías simplemente parpadeando, entre otros. El factor humano y su destreza manual, aunque parezcan arcaicos en un mundo de fantasías virtuales, me regalaron un momento de gracia cuando le pregunté a un vendedor si también podían cambiar la pantalla rota de un teléfono. Así, fuimos a una tienda donde trabajaba un muchacho que luego de quitarle la pantalla estropeada a mi teléfono, tras aplicar sobre la superficie un líquido en el que expandió una lámina tan delicada como el papel de arroz, la repasó con el dorso de la mano y la dejó como si fuese nueva. Esta es una prueba sencilla que demuestra cómo funciona un país conocido como “la fábrica del mundo”, el cual ha sido remodelado por la tecnología y la industrialización, y donde el rótulo “Made in China” se ha convertido en un lugar común del mercado global.
24 de junio de 2026. Turistas surcoreanos compran dispositivos de traducción con inteligencia artificial en Huabeiqiang, el mercado de componentes electrónicos más grande de China, en Shenzhen, provincia de Guangdong. La vida como experimento perpetuo En la facultad de Ciencia y Tecnología de la Computación de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Tianjin conocí cómo el pasado está imbuido con el futuro: así como se crean robots que separan desechos industriales o que detectan a alguien que se está ahogando en una piscina, también se estudian las propiedades naturales de las medicinas, las cuales empezaron a conocerse desde hace veinte siglos para que los médicos pudiesen mantener el equilibrio vital de sus pacientes. “La tecnología es una nueva arquitectura cerebral”, me dijo un publicista de Huawei, donde el presente parece una carrera sin límites para superar al futuro. Otro caso emblemático ha sido el de BYD, que en 2025 vendió 4,5 millones de coches eléctricos y cuyo eslogan, “La base es la tecnología; el motor es la innovación”, se ajusta de modo perfecto a la tendencia que vive el país.
5 de mayo de 2026. Dos turistas extranjeros visitan una tienda de moda en la calle peatonal Nanjing de Shanghai. Fotos de Xinhua Una realidad de 9,6 millones de km2 La realidad en China tiene una dimensión casi inabarcable en razón de sus 9,6 millones de kilómetros cuadrados. En Shanghai, un guía fascinado con los datos que le mostraba su teléfono, nos contó que la ciudad era seis veces más grande que Hong Kong y que tenía más de 11.000 cafeterías, más que en cualquier otro lugar del mundo. Por otro lado, en el Mercado Mayorista de Ropa de la Calle Qipu, al sureste de la ciudad, se puede comprar casi cualquier cosa según el propio talento para el regateo de cada cliente. Aquí, la cordialidad es proporcional a la satisfacción del comerciante: luego de que mi novia comprara un abrigo, el vendedor le dijo “bonita, bonita”. Sin darme cuenta, se acercó con otro abrigo que me puso en frente de un espejo, volviendo a repetir “bonito” para asegurarse de que yo también me viera igual de bien, y de paso, me animara a comprar otro abrigo. Tras hacer un gesto de negación con la cabeza, le agradecí de todas formas y regresamos a la vida tumultuosa de la ciudad. Caminamos por la calle Nanjing, donde el consumo es un hábito de todos los días en sus infinitas tiendas, para luego tratar de escapar en vano hacia el Bund, un paseo peatonal en la ribera del río Huangpu, igualmente inundado por miles de turistas. Al frente se ve otro horizonte vertical de China: Pudong. Su panorama es emblemático de la renovación urbana que comenzó a cambiar la fisonomía de Shanghai a principios de los años 90, y que ostenta la famosa Torre de la Perla Oriental, una de las torres de televisión más altas del mundo, entre sus construcciones más simbólicas. Cada noche, un juego pirotécnico de luces se proyecta sobre el conjunto de los edificios a ambos lados del río, el cual parece sugerir el poder económico del país. El mejor amigo del hombre En tanto, en Huaqiangbei, el centro tecnológico de Shenzhen abierto al público en 1998, y conocido universalmente como “el mercado de componentes electrónicos más grande de China”, el mejor amigo del hombre ya no es el perro sino su teléfono. Entre sus almacenes, mi enamorada compró un dispositivo que funciona como un traductor oral de idiomas, un estilógrafo de traducción de textos con escaneo inteligente –una linterna políglota que se apoya verticalmente sobre un texto y lo traduce mientras lo escanea con un margen de error que seguramente se irá perfeccionando en el futuro– e instaló en su teléfono una aplicación para traducir frases tanto orales como escritas. Los robots, algunos de los cuales visten corbatines estampados en sus cuellos de metal, hablan sin errores y saludan con una voz infantil cada vez que un huésped de un hotel entra en un ascensor, diciendo: “Hola a todos. Soy el camarero robot. Estoy trabajando. Cuando suban al ascensor, por favor, ¿pueden dejar el espacio central para mí? Muchas gracias por su colaboración”. Cuando los traductores virtuales no podían traducir una frase, la dificultad para comunicarnos se resolvía con el ingenio de un diccionario básico de señas, como cuando señalábamos nuestras cámaras para preguntarles a las jóvenes vestidas con hanfu (ropa tradicional utilizada en la antigüedad en China) si acaso podíamos sacarles una foto. La fantasía hecha realidad El filólogo y profesor de español en la Universidad de Hong Kong, Martín Juaristi, quien vive en China desde hace veinte años y conoce los laberintos de la ciudad a la perfección, nos habló sobre aquella y otras formas de representación teatral en el paisaje urbano. Los adolescentes se pasean como si fueran personajes de videojuegos, cómics, series o películas de animación, dándoles vida a sus héroes a través del cosplay. Nada de aquello resulta extraño si pensamos en los millones de seguidores que tiene el escritor de ciencia ficción, Liu Cixin. Juaristi nos contó la trama de una novela de Liu, Sobre hormigas y dinosaurios, que estaba leyendo su hijo Teo, de ocho años de edad: una parábola sobre el destino de la humanidad visto desde el cretácico superior, en el que los dinosaurios no atienden los consejos de las hormigas para cuidarse mientras se destruye el medio ambiente. Mientras caminábamos escuchando aquella historia, la ciudad nos revelaba el tamaño de un millar de dinosaurios entre los que nos movíamos como si hubiésemos sido hormigas. Este paisaje contrasta diametralmente con la sencillez de Cheung Chau, una isla a cuarenta minutos de Hong Kong, que visitamos al día siguiente para recuperar la perspectiva horizontal y donde la idea que se tiene en Occidente de aquella China anterior al vértigo industrial se descubre en los desfiles de dragones; en el silencio y la serenidad de un templo del siglo XVIII; o en la tranquilidad del mar prolongándose sin el obstáculo de un dinosaurio de concreto. *Hugo Chaparro Valderrama es escritor, periodista, crítico e historiador de cine colombiano y director de los laboratorios Frankenstein. |
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