Sociedad
Ecos del espíritu de la Gran Marcha
2026-10-29    Fuente: Centro para las Américas    Autor: ÁLVARO LORITE LÓPEZ

5 de julio de 2026. Álvaro Lorite López (der.) conversa con David Ferguson, galardonado con el Premio de la Amistad del Gobierno Chino 2021, en la aldea de Chuni, prefectura autónoma tibetana de Garze, provincia de Sichuan. Wei Yao

ENTRE el 3 y el 12 de julio, periodistas de medios como China Hoy y Beijing Review participaron en un viaje que los llevó a seguir los pasos del Ejército Rojo durante su travesía por la provincia de Sichuan. A lo largo del recorrido, algunas de las preguntas que emergieron recurrentemente fueron: ¿Cuál fue espíritu de la Gran Marcha? ¿Qué queda hoy de este espíritu? 

Un recorrido épico: la batalla del puente de Luding 

“A 200 kilómetros al oeste de la aldea de Anshun, la garganta por la que fluía rápidamente el río Dadu era muy profunda y estrecha. Allí había un puente colgante de cadenas metálicas, el puente de Luding. Era el último cruce posible del río Dadu hacia el este desde la región tibetana. Hacia allí partieron los comunistas, marchando descalzos por un sendero que serpenteaba a través de los desfiladeros, a veces subiendo varios cientos de metros, otras bajando nuevamente al nivel de la misma corriente acrecentada y abriéndose camino por el barro en el que se enterraban hasta la cintura. Si se apoderaban del puente, el ejército entero podría entrar en la región central de Sichuan. Si fallaban, tendrían que volver sobre sus pasos, un desvío de más de 500 kilómetros al que pocos hombres podrían sobrevivir”. 

Así narraba el periodista estadounidense Edgar Snow el inicio de una de las batallas más épicas y determinantes para la Gran Marcha y el destino de la nación. En mayo de 1935, el Ejército Rojo llegó al río Dadu. Sin descansar, los soldados recorrieron una distancia de unos 120 kilómetros en tan solo un día y una noche. Al llegar al puente, casi todas las tablas habían sido retiradas, tan solo quedaban las 13 cadenas de acero que hacían de esqueleto del puente. Aunque es difícil establecer con precisión qué ocurrió, según los testimonios aportados en distintos registros históricos, un grupo de 22 jóvenes valientes, cubiertos por el fuego de sus compañeros y bajo el fuego enemigo del Kuomintang, inició la hazaña de cruzarlo. Cuatro cayeron al agua, pero 18 lograron llegar al otro lado, controlando uno de los puntos de inflexión que fue crucial en la historia de la Gran Marcha. 

De aquel paso todavía quedan recuerdos vivos entre los habitantes que pueblan hoy en día estas zonas. “El Ejército Rojo llegó a esta zona y se estableció durante un tiempo. La zona estaba siendo explotada por el Kuomintang y no era una buena época para nosotros. La llegada del camarada Mao Zedong y del Partido Comunista de China (PCCh) supuso una mejora, por lo que tengo su foto colgada en la pared. En este pueblo todo el mundo le guarda un profundo respeto”, dijo Sulanduoji, un joven de origen tibetano gyalrong, que regenta una cafetería de especialidad en la ciudad de Barkam, en la prefectura autónoma de las etnias tibetana y qiang de Aba. 

Deng Anmei trabaja en un hotel situado en el distrito de Luding, prefectura autónoma tibetana de Garze, y también mantiene vivas las historias del paso del Ejército Rojo: “La gente local era muy pobre en aquella época. Apenas tenían ni madera, pero cuando supieron que el Ejército Rojo venía a ayudar, algunos usaron sus propias puertas para poder facilitar el acceso para las tropas. Fue una organización local espontánea. En aquella época, esta zona era una gran zanja. No se podía cruzar caminando, por lo que teníamos que tender listones de madera. Años después, la tierra fue nivelada y repartida, y esta parte fue asignada a mi padre, así que tuve la suerte de poder trabajar este pedazo de tierra”. 

En 1984 se erigió un monumento conmemorativo a los héroes fallecidos en la batalla al tomar el control del puente de Luding. El coraje, la determinación y la resiliencia de estos jóvenes son un testimonio de su voluntad de sacrificio por el bien común del pueblo. Antes de llegar allí, habían recorrido numerosas regiones donde los campesinos habían sido despojados de casi todo. Quizá en este relato resida otra de las claves que nos llevan a acercarnos al espíritu de la Gran Marcha. La determinación de fijar y seguir un objetivo colectivo y luchar por él, aún a costa de la propia vida, refleja la importancia de los lazos entre las personas. 

Campesinos y traductores 

Leng Li y Chai Fuqin son cuadros del PCCh en la aldea de Chuni, en la prefectura autónoma tibetana de Garze, donde ambas trabajan cultivando árboles frutales, cuyo producto venden en las grandes ciudades gracias a las infraestructuras de comunicación e Internet. El bosque de cerezas que rodea la aldea fue uno de los puntos donde los agotados soldados pudieron parar a repostar energías. “La gente del pueblo se sorprendió de que las tropas del Ejército Rojo no fueran ruidosas ni molestaran a los aldeanos. Tampoco robaron ni tomaron nada por la fuerza en su paso por aquí. Era el primer ejército que veían que vestía igual de pobremente que ellos, así que no tardaron en hacer todo lo posible por apoyarlos”, narran. 

No todo fueron batallas épicas. Para ganarse el respeto, el apoyo y la amistad de los campesinos y grupos étnicos de la zona, el Ejército Rojo tuvo que echar mano de la palabra y las negociaciones. Son conocidas las normas de convivencia que se exigían a todos los soldados en su paso por los pueblos, priorizando el respeto hacia los lugareños. 

En aquella época no existía el chino mandarín estandarizado y la mayoría de la población era analfabeta. Debido a ello, la labor lingüística de los traductores fue esencial para establecer alianzas y amistades a lo largo del camino. 

En su obra, Snow narra cómo, al llegar al territorio de las tribus “Lolo”, al norte del río Dadu, el Ejército Rojo “logró ganarse su amistad e incluso enrolar a algunos de sus integrantes”, gracias, en parte, a Liu Bocheng, mariscal del Ejército Popular de Liberación, que conocía bien aquellas tribus, su cosmovisión y sus costumbres. Gracias a sus habilidades lingüísticas, Liu consiguió transmitir la idea de que juntos peleaban a un enemigo común, los señores de la guerra, y que la política de los rojos era la de favorecer la autonomía de las minorías nacionales de China. Así, se consiguió un acuerdo en el que incluso varios integrantes de las tribus se unieron a la vanguardia del Ejército Rojo en la Gran Marcha. 

Lo que en un principio parecía conceptualizado como una retirada y repliegue, poco a poco, acabó transformándose en un movimiento de expansión sobre el terreno y la consolidación de una fuerza cada vez mayor, basada en el apoyo popular de los campesinos.

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