| Cultura |
| “La ciudad de rascacielos se puede humanizar” | |
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“Olinda no es, desde luego, la única ciudad que crece en círculos concéntricos, como los troncos de los árboles que cada año aumentan un anillo. Pero a las otras ciudades les queda en el medio el viejo recinto amurallado. En Olinda no: las viejas murallas se dilatan, llevándose consigo los barrios antiguos, que crecen en los confines de la ciudad; éstos circundan barrios un poco menos viejos, aunque de perímetro mayor y afinados para dejar sitio a los más recientes que empujan desde adentro; y así hasta el corazón de la ciudad: una Olinda completamente nueva”. Con este fragmento de Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino recibe el arquitecto y pintor cubano, José Antonio Choy (Santiago de Cuba, 1949), a China Hoy, en un pequeño hotel situado un uno de los hutong del centro de Beijing, ciudad que dice estar aun descubriendo en sus paseos. No es la primera vez que viene a China, pero esta ocasión fue especial, gracias a la invitación del Museo de Arte He Xiangning de Shenzhen, donde expuso siete de sus obras, y donde, de paso, el arquitecto pudo visitar el lugar donde nació su padre, un campesino chino que migró a Cuba a principios del siglo XX. En la obra de Calvino, Kublai Kan le pregunta a Marco Polo por qué solo le narra las ciudades que ha visitado y nunca le habla de su ciudad natal, a lo que el veneciano responde que su ciudad está en todas las demás. De la misma forma, La Habana habita en todas las ciudades que pinta Choy. China Hoy (CH): ¿Recuerda en qué momento de su vida y por qué empezó a perfilarse en su cabeza la idea de dedicarse a la arquitectura y la pintura? José Antonio Choy (JAC): Desde niño siempre me gustó pintar. Mi padre tenía una caligrafía extraordinaria, tanto en chino como después, cuando aprendió español y escribía con una letra muy bonita. Y a mí me gustaba. A veces, en vez de estar en la calle mataperreando, como decimos en Cuba, me quedaba en casa y me ponía a pintar. A los doce años se estableció un sistema de becas para artes plásticas en mi ciudad, Santiago de Cuba. Era una beca muy buena para la época, porque daban cincuenta dólares mensuales. Para mí eso era una fortuna. Me gané la beca y estuve cinco años estudiando en la Academia de Artes Plásticas de Santiago de Cuba. Cuando acabé estaba en la disyuntiva de si ser arquitecto o pintor. Le tuve miedo a ser pintor porque hay que ser muy bueno para eso, pero para ser arquitecto no tienes que ser el mejor, ya que hay más trabajo. CH: Acaba de finalizar un viaje a sus orígenes, visitando el lugar donde nació su padre, un chino que migró a Cuba. ¿Cuál fue su historia? JAC: Mi padre emigró desde Guangdong, de una aldea que se llama Liantang, debido a la gran hambruna y la miseria de aquel momento. Estamos hablando de la década de los años 20 del siglo pasado. Había una miseria total en aquel momento. Mi padre nos contaba que, para él y su aldea, ir a Cuba era como ir a la montaña de oro. En aquella época Cuba tenía prosperidad porque era la principal productora de azúcar del mundo, y durante la Primera Guerra Mundial, el azúcar fue utilizada para producir dinamita, por lo que su precio subió mucho. En Cuba consiguió labrarse una vida. Se hizo comerciante, tenía una pequeña bodega, una tienda de víveres. Se fue para Santiago de Cuba, en el extremo oriente de la isla, y allí se enamoró de mi madre, que era una campesina, una guajira, pero que le gustaba mucho leer y la historia. Tuvieron seis hijos y nos dieron educación universitaria gracias a la revolución, naturalmente, porque si no, no sé si lo hubiéramos podido hacer. CH: ¿Cómo ha sido este viaje a sus orígenes con su hija y su nieta? JAC: Me invitaron del Museo de Shenzhen (Museo de Arte Antiguo Shenzhen) a exponer, entre otras, algunas de mis obras de la colección Los caminos del I Ching. Me llevaron a la aldea donde nació mi padre, al lado de una ciudad pequeña, que ahora es una aldea abandonada. El alcalde de la ciudad fue extraordinariamente amable. Me acompañó al terreno donde estaba la casa de mi padre y me contó que la gente decía que era muy linda. Ha sido muy fuerte visitar esa tierra en términos emocionales. Mi padre nunca pudo volver. Me encantó ver plátanos en el sur de China, él nunca nos contó que había tantos plátanos. Hasta lloré y todo. Para ellas también ha sido un viaje maravilloso, y a mi nieta, que tiene 19 años, le encanta cocinar comida china. CH: ¿Cómo ha vivido esa dualidad identitaria en lo personal? JAC: En mi hogar siempre se vivió desde el amor. Mi madre aprendió a cocinar comida china y expresaba una devoción por la cultura de ese país que nos transmitió desde niños. De los chinos apreciábamos la sabiduría. Para el chino, ser inteligente y ser sabio es lo más importante. Puedes ser lo que quieras, pero si no eres inteligente, estás perdido. La población cubana abrazó a los chinos como si fueran de su misma sangre. La primera migración china llegó a Cuba en el siglo XIX y vinieron a trabajar, supuestamente como libres, pero los españoles los pusieron a trabajar como esclavos. Los chinos también formaron parte de la guerra de la independencia. Algunos fueron generales. Hay un gran monumento en La Habana dedicado a los soldados chinos que dice “No hubo un chino cubano desertor. No hubo un chino cubano traidor". CH: ¿Cómo se refleja esa doble identidad en su obra artística? JAC: De alguna forma aflora, sin yo proponérmelo, en mi arte. Mis dibujos son como asiáticos y la gente me ha dicho que hay algo en mi arquitectura que de alguna manera hace que trate de levitar. De alguna forma los edificios que yo hago tratan de estar más en el espacio que en la tierra. Y creo que eso tiene que ver un poco con la filosofía asiática. Después conocí el libro I Ching (Libro de los cambios) y me fasciné. Entonces creé mi serie Los caminos del I Ching, en la que trato de ilustrar los hexagramas a través de paisajes. Pero en esos paisajes siempre están las palmas cubanas, que son nuestro símbolo nacional. Siempre están allí, pero no en contradicción, sino en diálogo con ese mundo sereno, tranquilo y meditativo del espíritu chino. También trabajo mucho con tinta china y son cosas que me salen, no me las he impuesto. Hay algo extraño en el espíritu, en mi genética, que hace que me guste la tinta china. CH: Su obra también dialoga con Las ciudades Invisibles, de Ítalo Calvino, ¿Qué fue lo que lo cautivó de ese libro? JAC: Ítalo Calvino nació en Cuba, sus padres eran botánicos e investigaban en una estación a las afueras de la Habana. Las ciudades invisibles, que tiene que ver mucho con la arquitectura, porque son ciudades que Marco Polo narra a Kublai Kan, me marcó para toda la vida cuando la descubrí. Entonces decidí buscar un punto de unión con el I Ching. Estudié los dos libros y traté de ver cómo se cruzaban los hexagramas y las ciudades. Además pensé que ya en el siglo XII, cuando Marco Polo le narraba todo aquello a Kublai Kan, el emperador ya debía conocer el I Ching, un libro milenario que es un pilar de la cultura china. Entonces me pareció enriquecedor cruzar las ciudades con el libro. CH: ¿Como arquitecto, cuál es su opinión sobre las ciudades chinas que ha visitado? JAC: Yo vine a Beijing hace 15 años. Era otra China. El desarrollo actual es grandioso. Pero si tengo que escoger una ciudad, escojo Shanghai. Me impresionó mucho porque encontré una mezcla de tradición y modernidad fascinante. Es una ciudad cosmopolita que está a la vanguardia de todo. Se dice que Shanghai es una ciudad genérica del mundo, que podría ser de cualquier país, globalizada. Pero en esas ciudades se mantiene el espíritu de China, sobre todo el uso intenso del espacio urbano por la población. Para mí, eso es ejemplar. CH: ¿Cómo imagina las ciudades del futuro? JAC: Este viaje a China me ha trastornado, aún tengo que meditar mucho, pero ahora estoy en una crisis intelectual. Yo siempre he sido enemigo de la ciudad genérica, de la ciudad de rascacielos gigantes, pasos a desniveles y grandes autopistas, porque vengo de un país donde la ciudad tradicional es muy fuerte, donde la ciudad es para caminarla y disfrutarla. Entonces me di cuenta de que, por la cantidad de población que tiene China, no puede desarrollar el urbanismo de forma tradicional. Tiene que ir a la densidad y los altos rascacielos. Me he dado cuenta de que la ciudad genérica, esa ciudad de grandes rascacielos, se puede humanizar. Ves a la gente disfrutando y deteniéndose a tomar café y conversar, y a los niños jugando en los pasos a desniveles, como lo vi en el centro financiero internacional en Shanghai y en otras ciudades. Además todo está lleno de parques y áreas verdes. El principal desafío o amenaza para ese desarrollo urbano es el automóvil. El automóvil ha destruido la ciudad tradicional en América. Por lo tanto, hay que potenciar mucho el transporte público y que las personas puedan moverse a cualquier lado sin necesidad de usar el automóvil. Hay que hacer ciudades en las que el automóvil no sea el único protagonista. Por otro lado, creo que los suburbios residenciales sin servicios públicos son otro gran desafío para el urbanismo contemporáneo. Los servicios y los espacios de uso público tienen que ser los protagonistas del hábitat de la ciudad.
30 de septiembre de 2025. El pntor, su familia y trabajadoras del museo junto al cuadro de Olinda. Foto cortesía de Museo de Arte He Xiangning de Shenzhen.
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