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DURANTE 18 años, una anciana de Chaoshan, en el este de la provincia de Guangdong, aguardó pacientemente las cartas de un marido que ya había muerto. Llegaban de forma puntual, con dinero y noticias de un hombre que intentaba buscarse la vida al otro lado del mar. Pero todo era un invento. Las cartas no eran de él —llevaba años enterrado en Tailandia—, sino de una mujer que apenas lo había conocido y que decidió cargar con esa mentira piadosa para que en dos hogares, el de él y el suyo, alguien siguiera teniendo a quién esperar.
Cartel de la película Para ti. Así comienza Para ti (Dear You, en inglés, que se traduce literalmente como Cartas de amor para la abuela), la película china que en 2026 nadie esperaba. No tenía estrellas ni una sola escena de acción, y su elenco habla casi exclusivamente teochew, el dialecto de Chaoshan, que la mayoría de los chinos ni siquiera entiende. Costó 14 millones de yuanes (2,06 millones de dólares), que para el cine de hoy es prácticamente insignificante, y ninguno de sus actores era actor realmente. Aun así llenó las salas. Y con una puntuación de 9.1/10 y 190.000 reseñas en la plataforma china de críticas Douban, es la película nacional con la mayor calificación en lo que va de este año. En poco más de dos meses logró recaudar más de 20 millones de dólares en la taquilla, unas 130 veces lo que costó realizarla. Pero conviene aclarar desde un principio de qué trata, porque no es lo que promete el título. No es el amor romántico. Es algo que en chino cabe en dos caracteres —qingyi— y para lo cual en español se necesitan varias palabras: la lealtad hacia alguien a quien se ha querido, el afecto que con los años se vuelve obligación y se cumple aunque no haya nadie mirando. La película nunca lo explica. Lo deja pasar.
25 de junio de 2026. Espectadores asisten a la película Para ti en un cine de Melbourne, Australia. Xinhua Una promesa que nadie vio cumplir El hombre que se marchó se llamaba Zheng Musheng. Como millones de campesinos de Guangdong y Fujian entre los siglos XIX y XX, cruzó el mar hacia el sudeste asiático porque en casa no había con qué vivir: primero a la actual Malasia, luego a Tailandia. De aquella emigración enorme salió una costumbre que hoy conmueve, el qiaopi: una carta y un giro de dinero dentro del mismo sobre, escrito a mano por quien se había ido y leído en voz alta por quien se había quedado. Servía de correo y de banco a la vez. En 2013 los archivos de qiaopi entraron en el Registro de la Memoria del Mundo de la Unesco. Musheng murió lejos y joven, sin haber vuelto. Ahí suele terminar la historia real: una mujer que espera para siempre a alguien que ya no existe. La película, en cambio, introduce en ese espacio a su personaje decisivo, Xie Nanzhi. Nanzhi había tratado apenas a Musheng, supo de su muerte y calló. Durante 18 años escribió las cartas que él ya no podía escribir y mandó el dinero que él ya no podía mandar, con la letra y el nombre de un muerto, para que en una casa de Chaoshan la anciana siguiera esperando y la familia siguiera en pie. Nanzhi no era su mujer ni era de su familia. Nadie la vigilaba, nadie iba a agradecerle el gesto ni a reprocharle que lo dejara. Hizo lo que hizo sin público. Eso, más o menos, es el qingyi del que habla la película: una palabra que se cumple justamente cuando ya nadie la exige. Nanzhi tampoco se casó, y se pasó la vida enseñando chino a los hijos de otros emigrantes; sostuvo a la vez la esperanza de una desconocida y la lengua de una comunidad lejos de su tierra, y la película trata esas dos terquedades como si fueran una sola.
Fotograma de la película Para ti. Un elenco conformado por gente común y corriente Hay una escena que explica, mejor que nada, por qué esta historia pedía actores no profesionales. Es, además, la escena de la que cuelga toda la película, y la primera que rodó Li Sitong, la actriz que hace de Nanzhi. Li Sitong tenía veinte años, estudiaba Ingeniería Financiera y no había actuado en su vida. El director llegó a ella simplemente por un video que la joven había subido a Internet. Por razones presupuestarias —el local estaba alquilado por horas— le tocó empezar por lo más difícil: Nanzhi entra en la casa de remesas a mandar la esquela de Musheng, ve a los demás emigrantes despachando su dinero y sus cartas, piensa en la viuda criando sola a sus hijos, y en lugar de enviar la esquela la quema. De ahí arrancan los 18 años. Lo interesante es que Li Sitong todavía no sabía en qué se iba a convertir el personaje; tomó esa decisión irreversible sin entender del todo por qué, que es exactamente lo que le pasa a Nanzhi. Por eso el gesto no salió noble ni ejemplar. Salió como el de alguien que hace algo que ya no podrá deshacer. Y es eso lo que impide que Nanzhi, una mujer que se sacrifica 18 años por desconocidos, acabe convertida en una estampa de virtud. La otra escena que suele citarse es la de la abuela ya vieja, a la que interpreta Wu Shaoqing, de 84 años, que tampoco había pisado un rodaje en toda su vida. Cuando por fin se entera de que su marido llevaba décadas muerto, el guion pedía llanto. Ella no lloró: se levantó, dijo que iba a ver si se había enfriado la comida y se fue a la cocina. Nadie había escrito esa línea; la improvisó, y el director la dejó. En ese pudor está casi todo lo que la película quiere decir sobre una generación que aprendió a querer sin nombrarlo. Un actor de oficio quizá habría llorado muy bien, pero aquí hacía falta alguien que, en ese momento, no supiera hacer otra cosa que seguir con los quehaceres de la casa. La película fue producida en Shenzhen, una de las ciudades más icónicas de la provincia Guangdong, famosa por su ritmo acelerado y su tecnología. Aquello no deja de tener su gracia: una ciudad que presume de ir rápido pagó una película sobre la espera de toda una vida. Que costara poco y no tuviera actores conocidos no es aquí una hazaña de la que presumir –aunque ya haya recaudado 1800 millones de yuanes–, sino un elemento esencial del rodaje y la única forma para que la emoción no pareciera fingida.
Imagen fija de Para ti. Dinero dentro de un sobre Al final de la cinta aparece una carta de verdad. La escribió en 1960 una niña de ocho años que vivía en Singapur: le mandaba a su abuela, en una aldea de Chaoshan, el pequeño premio en dinero que había ganado por sus notas. Muchos años después, ya anciana, esa mujer se enteró de que su carta de infancia había acabado en una película. Detrás de cada qiaopi había alguien que mandaba algo a casa para avisar de que seguía ahí. Aquí es donde una historia sumamente local —un dialecto que casi nadie habla, una costumbre de Chaoshan— deja de ser ajena para la audiencia latinoamericana. Los países de América Latina también son receptores de cartas y de remesas. También allí hay familias que viven de lo que manda el que se fue, así como madres y abuelas que envejecen mientras esperan noticias del norte o del otro lado del océano. El dinero que llega en el sobre no es solo dinero, y eso se entiende igual en Michoacán que en Chaoshan. Quien haya visto a una abuela guardarse una carta en el bolsillo del delantal sabe de qué va la película, aunque no entienda una palabra de teochew. La Nanzhi anciana es interpretada por Usha Seamkhum, una actriz tailandesa de origen chaoshan a la que el público asiático recuerda de otra película reciente sobre herencias y afectos. No era necesario que hablara chino. Bastó con su manera de mirar, como alguien que ha esperado mucho tiempo. El título promete una carta de amor y entrega otra cosa: la historia de una palabra que alguien dio y sostuvo durante 18 años, sin testigos. En chino a eso lo llaman qingyi; para reconocerlo no hace falta la palabra. *Wei Xin es profesora titular de la Universidad de Shenzhen. |
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