Sociedad
Gran significado para ALC
2026-05-20    Fuente: Centro para las Américas    Autor: JEAN-PAUL VARGAS*

La visita del presidente de Estados Unidos, Donald Trump en mayo pasado a Beijing, reviste de una trascendencia estratégica en la redefinición de un equilibrio frágil en la geopolítica global, una realidad que para América Latina y en particular para los países de Centroamérica tiene una gran significación. 

Desde la llegada al poder de Trump la región centroamericana ha estado azotada por una narrativa confrontativa y polarizada en las relaciones entre Estados Unidos y China, bajo una especie de confrontación de aceptación entre una y otra potencia. Por ello, este acercamiento entre ambas potencias constituye una bifurcación para comprender y proyectar una posible reconfiguración dinámica del orden internacional.  

Esta cumbre histórica con el presidente Xi Jinping entroniza el liderazgo   de China como potencia global y destaca la fragilidad de la arquitectura geopolítica global. La cuestión meridional es dilucidar con el pasar del tiempo si las acciones entre ambas potencias desembocan en una cooperación táctica o por el contrario en una rivalidad gestionada; en cualquiera de ambos casos, se trata de pequeños pasos tácticos ante la consolidación estratégica de China y una serie de desequilibrios estructurales en la búsqueda por redefinir las capacidades de influencia en el orden global. 

La visita de Trump a Beijing se caracterizó por una comitiva de altos ejecutivos, quienes hicieron sentir su cuota de poder geo-económico a efectos de aspirar incidir en diversas dinámicas comerciales globales, en las cuales EE.UU. necesita mejorar su balanza comercial; una cita en la cual, además de las preocupaciones por la guerra en Irán y el futuro de la inteligencia artificial estuvo presente el convencimiento de una estabilidad estratégica constructiva, aquello que mencionaba Thoma Schelling en su obra La estrategia del conflicto (Tecnos, 1964) como los juegos de mutua dependencia.  

Siguiendo a Schelling (1964) las conversaciones dadas en Beijing se dan bajo un escenario en el cual tanto China como EE. UU. son interdependientes, de ahí la construcción de la confianza y los cálculos derivados determinan en sí los resultados, -especialmente en las decisiones que se adopten de forma posterior- son incentivos entrelazados y la cooperación se encuentra sujeta a la anticipación estratégica del comportamiento del otro. 

Si bien EE.UU. acude a la cita en una situación de debilidad relativa por la coyuntura, ambas potencias se enfrentan a un escenario de costos crecientes por la escalada tecnológica y comercial. En una ecuación de estabilidad y mutua dependencia orientada en asegurar el crecimiento económico y la búsqueda de un equilibrio frágil en el entorno internacional para la recuperación del comercio, un convencimiento de la necesidad de avanzar hacia una reforma de la gobernanza económica mundial.  

En síntesis, la dinámica de Trump ha sido operar bajo presiones coyunturales y resultados inmediatos versus un modelo de estabilidad estratégica constructiva propuesto por Xi Jinping centrado en consolidar su liderazgo global y una posición estructural en la geopolítica; lo cual evidenció en el encuentro una lógica de diplomacia transaccional estadounidense en contraposición a una estrategia de largo orientada a la consolidación sistémica en el orden mundial de China en la nueva era en torno a cuatro elementos centrales: cooperación, competencia acotada, gestión de diferencias y paz previsible. Un proceso en el cual China fija nuevos marcos interpretativos de la relación entre ambas naciones y de la comprensión del orden global, mientras se evidencia la pérdida de EE. UU. en la construcción de la agenda global. 

La visita de EE. UU. ha sido un mecanismo de señalización de dicha potencia hacia el gigante asiático a efectos de manifestar la voluntad para gestionar la rivalidad, promover un reencuadre narrativo en el cual el propio Trump destaca el liderazgo global de Xi Jinping y de China, y de cierta manera comunicar límites en cuanto al desarrollo y comercio de microprocesadores (chips) como de intensificar el comercio -garantías de no escalamiento de la competencia tecnológica-, de igual manera hizo sentir la voz estadounidense a efectos de que las empresas de EE. UU. que operan en China no enfrenten barreras regulatorias.  

Por su parte Xi Jinping destaca el principio de una sola China, dejando claro que un manejo inadecuado podría llevar a una confrontación directa entre ambas potencias, así como la decisión firme y decidida de China de no aceptar ninguna intromisión extranjera; de igual forma se dio un rechazo a la militarización y la defensa de la libre navegación en Oriente Medio; al mismo tiempo se le solicitó a Trump relajar los controles a la exportación de componentes electrónicos y semiconductores. 

Esta cumbre, si bien abordó temas de diversas índoles, sugiere que la gran competencia geoeconómica se estará librando en los temas de la inteligencia artificial -IA- donde quizás este aspecto junto con el principio de una sola China son el núcleo de la rivalidad estratégica. 

La postura de China ha sido la búsqueda de la conciliación, destacando la importancia de relaciones estables mutuamente beneficiosas, tener siempre la capacidad para crear canales de diálogo, destacando que esta relación bilateral es la más importante y compleja del mundo. Si bien esta reunión no produjo acuerdos estructurales, ha funcionado como una especie de proceso de recalibración de expectativas presentes y futuras para identificar las líneas desestabilizadoras y los puentes de diálogo en el marco de una rivalidad estructural con mecanismos de contención. 

Desde la lectura latinoamericana esta reunión responde a una redefinición del tablero estratégico para canalizar de mejor forma una rivalidad EE. UU.-China que si bien en el corto plazo no se va a resolver (EE. UU. necesita de un enemigo externo para alimentar sus discursos y resolver sus asuntos internos), viene al menos a reducir las presiones del norte para asegurar alineamientos forzados -una realidad más presente en la región centroamericana-. 

Al reconocerse claramente que EE. UU. y China necesitan coexistir, contribuye a una cierta estabilidad de las relaciones comerciales de América Latina, cuya presencia comercial china se ha venido incrementando fuertemente en la región, ahora la cuestión meridional es si esta coexistencia entre ambas potencias permitirá una competencia regulada para que las inversiones en infraestructura, energía y tecnología china puedan seguir incrementándose en la región, bajo un escrutinio estadounidense. 

De la misma forma, se requiere esperar si la postura hegemónica de EE. UU. mantendrá la lógica de esferas de influencia, particularmente en temas de seguridad, cadenas de suministro y procesos de relocalización, dinámica que ha sido más sensible en el caso de los países centroamericanos. 

La cumbre EE. UU.-China evidencia la coexistencia conflictiva regulada y mutuamente dependiente entre ambas potencias, una relación en la cual la cooperación es siempre un instrumento, la competencia es una dimensión estructural y la frágil estabilidad depende de la capacidad de ambas potencias para gestionar sus tensiones en ámbitos críticos como la inteligencia artificial, la seguridad regional y la arquitectura de la nueva gobernanza económica global. 

*Jean Paul Vargas es investigador del Centro de Investigaciones Históricas de América Central de la Universidad de Costa Rica, postdoctorado de la Universidad de Salamanca y doctor en Gobierno y Políticas Públicas de la Universidad de Costa Rica. 

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