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Como ha señalado Henry Kissinger en World Order (2014), no existe un orden verdaderamente global, sino un conjunto de órdenes parciales, históricamente construidos y limitados en su alcance. El orden internacional, en este sentido, no constituye una constante histórica, sino una configuración contingente que depende del equilibrio entre poder y legitimidad. Cuando esa relación se desajusta, el sistema entra en una fase de transición en la que las reglas dejan de reflejar la distribución efectiva de capacidades. En estos contextos, los encuentros entre grandes potencias no inauguran nuevas etapas, sino que ponen en escena transformaciones ya en curso. Sin embargo, para comprender la naturaleza de la transición contemporánea, el marco analítico de Kissinger requiere ser complementado por otras perspectivas. Es aquí donde el enfoque del académico chino Yan Xuetong ofrece una clave interpretación precisa y enriquecedora. En Inflection of History (2026), el académico chino sostiene que el sistema internacional actual no puede ser caracterizado ni como una nueva Guerra Fría ni como un orden multipolar consolidado, sino como una etapa de “retroceso de la política internacional”, marcada por tres rasgos centrales: la desglobalización, el aumento de la incertidumbre y la expansión de nuevas formas de competencia estratégica. Desde esta perspectiva, la visita de Donald Trump a China debe interpretarse y comprenderse no solo como un encuentro diplomático puntual, sino que más bien como la escenificación de esta transición estructural. Lo central no reside en los posibles acercamientos para llevar a cabo próximos acuerdos, sino en aquello en lo que ambas potencias se ven obligadas a reconocer: que el orden internacional surgido tras la Guerra Fría ha dejado de corresponderse plenamente con la realidad del poder global. Uno de los aportes más sugerentes de Yan Xuetong en su reciente obra radica en cuestionar la tendencia a interpretar el presente mediante analogías históricas simplificadoras. A diferencia de períodos ya concluidos (como la Guerra Fría o el momento unipolar), las “eras” solo adquieren claridad analítica una vez finalizadas. En sus fases iniciales, las interpretaciones son necesariamente divergentes, ya que los actores carecen de distancia histórica suficiente para identificar sus rasgos dominantes. En consecuencia, el mundo actual se caracteriza no solo por el cambio, sino por la indefinición del propio cambio. Esta indeterminación se traduce en una fragmentación conceptual del sistema internacional. El presente puede ser entendido simultáneamente como una era de desglobalización, como una fase de competencia entre grandes potencias o como el inicio de una transformación digital profunda. Ninguno de estos enfoques resulta completamente erróneo, pero ninguno es suficiente por sí mismo. Lo que emerge es un escenario en el que las categorías tradicionales pierden capacidad explicativa y, por lo tanto, el orden deja de estar claramente definido. En términos más concretos, Yan identifica el pasaje desde una globalización relativamente estable hacia un escenario de creciente incertidumbre estructural. Mientras la etapa previa estaba marcada por una relativa convergencia entre expectativas y resultados (lo que generaba cierta previsibilidad), el presente se caracteriza por un desacople entre ambos niveles. La percepción de inestabilidad no proviene necesariamente de un incremento inmediato de la guerra, sino de la dificultad para anticipar el comportamiento de los actores y la evolución del sistema. En este contexto, el papel de Estados Unidos adquiere una relevancia central. Durante la posguerra fría, la primacía estadounidense se encontraba asociada a la provisión de bienes públicos globales, lo que contribuía a sostener la estabilidad del orden internacional. Sin embargo, el giro hacia políticas más proteccionistas, el cuestionamiento del multilateralismo y la tendencia al desacoplamiento reflejan una transformación en la conducta de Washington. Como sugiere Yan, la percepción de que China se ha convertido en uno de los principales beneficiarios del orden previo ha debilitado la disposición estadounidense a sostenerlo. Es precisamente en este punto donde la visita de Trump adquiere un significado particular desde la perspectiva china. Para Beijing, no se trata de una apertura, sino de un reconocimiento implícito en el cual Estados Unidos ya no puede definir unilateralmente las reglas del sistema. La relación bilateral deja de estructurarse en términos de integración y pasa a inscribirse en una lógica de competencia estructural. No obstante, esta competencia no reproduce los patrones clásicos del siglo XX. Como advierte Kissinger en Leadership (2022), el desafío contemporáneo consiste en evitar que la rivalidad entre grandes potencias derive en una confrontación abierta. En línea con esta idea, Yan señala que el sistema internacional no se dirige hacia “grandes guerras entre potencias”, sino hacia una proliferación de “conflictos limitados”, donde la disuasión nuclear sigue actuando como un factor de contención estructural. Bajo esta lógica, la conflictividad no desaparece, sino que se fragmenta y se desplaza hacia formas más acotadas y dispersas. A esta dinámica se suma un cambio cualitativo en la naturaleza del conflicto. La competencia entre grandes potencias se desplaza progresivamente hacia el ámbito tecnológico y digital, ampliando su alcance pero reduciendo, al menos en apariencia, su letalidad directa. El control de infraestructuras digitales, estándares tecnológicos y flujos de información se convierte en una dimensión central del poder. En este sentido, el poder ya no se define únicamente en términos territoriales o militares, sino también en la capacidad de estructurar sistemas tecnológicos. Esta transformación no se distribuye de manera homogénea. El sistema internacional tiende a organizarse en un entramado desigual, donde regiones con distintos niveles de estabilidad, conflicto y dependencia conviven bajo lógicas diferentes. La estabilidad deja de ser una propiedad sistémica y pasa a ser un fenómeno localizado, dependiente de equilibrios específicos y condiciones coyunturales regionales. Frente a este escenario, la estrategia china adquiere una relevancia particular. A contramano de la tendencia hacia la desglobalización, Beijing apuesta por una apertura selectiva como instrumento de proyección internacional. Esta orientación no implica una adhesión ingenua al orden global, sino una estrategia destinada a maximizar su influencia y liderazgo internacional en un contexto de creciente fragmentación. En este marco, la internacionalización de empresas, tecnologías y estándares productivos se convierte en un eje central de su política exterior. La fragmentación de las cadenas globales de valor es interpretada no solo como un riesgo, sino también como una oportunidad para redefinir la inserción internacional. A través de estos mecanismos de adaptación (como la localización productiva en mercados externos), China busca sostener su presencia global incluso en un entorno más restrictivo. Este enfoque se articula con una visión ampliada del poder que incorpora la dimensión tecnológica como factor decisivo. En la era digital, la capacidad de establecer estándares y dominar sectores estratégicos —como la inteligencia artificial o las telecomunicaciones— equivale, en gran medida, a definir las reglas del sistema. Como bien sintetizó Kissinger en The Age of AI: And Our Human Future (2021), las transformaciones tecnológicas reconfiguran la base del orden internacional al alterar las formas de interacción entre actores. Al mismo tiempo, la estrategia china se distingue por su énfasis en una lógica de cooperación pragmática. Frente al avance de discursos identitarios y nacionalistas, Yan Xuetong propone una política internacional basada en intereses compartidos y beneficios mutuos. En lugar de estructurar el sistema en torno a afinidades ideológicas, esta perspectiva privilegia la flexibilidad y la expansión de vínculos estratégicos. Desde Beijing, este contraste resulta significativo. El énfasis estadounidense en la soberanía, el proteccionismo y la confrontación identitaria puede ser interpretado como un factor que acelera la fragmentación del sistema internacional. Pero, al mismo tiempo, abre espacios para estrategias alternativas basadas en redes de cooperación selectiva y ampliación de la influencia. En este contexto, la visita de Trump a China trasciende su dimensión bilateral. No se trata únicamente de una negociación entre dos líderes, sino de un momento en el que ambas potencias reconocen implícitamente la existencia de una transición estructural: Estados Unidos, al confrontar los límites de su modelo de orden; China, al asumir que su ascenso la posiciona en el núcleo del sistema. Lo que China ve en esa visita no es simplemente a un rival, sino la expresión de un orden en transformación: un sistema en el que la globalización pierde coherencia, la competencia se diversifica y las reglas dejan de ser universales. En última instancia, la transformación del orden internacional no se expresa tanto en la desaparición del conflicto como en su reorganización. Lo que cambia no es la existencia de la competencia, sino las formas en que esta se manifiesta, se distribuye y se gestiona. La estabilidad deja de depender exclusivamente del equilibrio entre grandes potencias y pasa a estar vinculada a la capacidad del sistema para contener una conflictividad cada vez más fragmentada y multidimensional. Desde esta perspectiva, la visita de Trump no redefine el orden internacional. Lo expone en su estado actual, a saber: una estructura en transición, caracterizada por el desajuste entre poder y legitimidad, la coexistencia de interdependencia y rivalidad, y la ausencia de un consenso claro sobre su forma futura. Como sostiene Yan, el mundo no ha ingresado aún en una nueva era plenamente definida, sino en una fase en la que la propia naturaleza del sistema internacional se encuentra en disputa. *Martín Rafael López es profesor de relaciones internacionales de la Universidad Católica de la Plata de Argentina y especialista en Estudios Chinos y asuntos transnacionales. |
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