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Armonía en la diversidad
2025-08-29    Fuente: Centro para las Américas    Autor: LI FANGFANG


27 de septiembre de 2024. Residentes de distintas etnias bailan durante el “Banquete del Festival del Vecindario” llevado a cabo en la comunidad Haldun, ciudad de Tacheng, Xinjiang. Xinhua


Mayo de 2021. La autora (izq.) posa con una familia multiétnica en la región de Tacheng. Foto cortesía de la autora

COMO alguien que lleva más de 20 años aprendiendo inglés, mi primer choque cultural real no ocurrió mientras estudiaba en el extranjero, sino cuando me mudé a Beijing desde Xinjiang siendo adolescente. Era principios de la década del año 2000, una época en la que el Internet apenas empezaba a cobrar impulso en China, y las diferencias entre regiones eran enormes.

Al llegar a la capital, me sorprendió la cantidad de restaurantes chinos de estilo han que había. La etnia han es la más numerosa entre los 56 grupos étnicos de China, lo que hace que los restaurantes halal parezcan relativamente escasos en comparación. En Xinjiang, ocurría lo contrario. Los restaurantes halal (comida permitida según la ley islámica) dominaban la escena culinaria, mientras que los restaurantes han, que a menudo ofrecían platos de cerdo, eran solo una de las muchas opciones.

Para mí, la cultura gastronómica de Beijing era como un crisol de diferentes provincias, principalmente con características de la etnia han, y una pizca de sabores internacionales. En contraste, la cocina de Xinjiang tenía un marcado carácter internacional, moldeado por siglos de intercambios a lo largo de la Ruta de la Seda. Desde el pan ruso hasta el yogur kazajo y los productos lácteos mongoles, la cultura gastronómica de Xinjiang reflejaba su vibrante diversidad étnica.

El amor por sobre las diferencias culturales

La geografía influye. Un vuelo desde Urumqi, capital de la región autónoma uigur de Xinjiang, a Almaty, Kazajistán, dura menos de dos horas, mientras que volar a Beijing toma más de tres. Como crecí en Xinjiang, estuve rodeada de personas que no se parecían en nada a los rostros típicos del este asiático que conocía. Pero no pensaba en las personas en términos de su etnia o apariencia. En cambio, las veía como vecinos, compañeros de clase y amigos.

No fue hasta años después, durante una entrevista en la prefectura de Tacheng, que comencé a reflexionar profundamente sobre la diversidad única de Xinjiang. Tacheng, que limita con Kazajistán, alberga aproximadamente 30 grupos étnicos, entre ellos kazajos, uigures, huis, mongoles, rusos y tártaros, que juntos representan aproximadamente el 40% de la población. No es raro encontrar familias con miembros de múltiples orígenes étnicos.

Recuerdo haberle preguntado a Gulan, una mujer kirguisa de la zona, cómo su familia —que incluye parientes de ascendencia rusa, mongola, uigur y han— gestionaba los posibles conflictos causados por las diferencias étnicas. Su respuesta me tomó por sorpresa: “¿Por qué me haces esta pregunta? Siempre que me la hacen, no sé qué decir”.

Sus palabras me impactaron. Me recordaron una lección invaluable de mi ciudad natal: ante las diferencias, hay que centrarse en encontrar puntos en común en lugar de enfatizar lo que nos diferencia. La armonía, después de todo, nace de las conexiones compartidas, no de las divisiones. Con el tiempo, comprendí la respuesta a mi propia pregunta. Lo que mantiene unidas a las familias de diversos orígenes es el amor: la disposición a respetarnos mutuamente y resolver los problemas juntos a pesar de las diferencias.

La etnia es solo una de las muchas maneras en que las personas difieren. ¿Por qué debería destacarse? Las diferencias de género, edad, educación y crianza son igualmente importantes, pero no siempre reciben el mismo escrutinio.

Esferas superpuestas

Samat Kurbanjan, un conocido fotógrafo y documentalista de Xinjiang, me dijo una vez: “Xinjiang no puede ser representada solo por los uigures. Esta región alberga a docenas de grupos étnicos, y su progreso es el resultado de las contribuciones de todos ellos, no solo de uno”.

Samat también pone a Tacheng como ejemplo. Describe Xinjiang como un mosaico de culturas étnicas, unidas por el respeto mutuo. “Este respeto ha perdurado durante generaciones”, dijo. “Eso es lo que hace a Xinjiang tan especial”. Al igual que Samat, me siento orgullosa de ser oriunda de Xinjiang por este perdurable espíritu de diversidad y unidad.

El respeto por las diferentes costumbres étnicas y prácticas religiosas está profundamente arraigado en la cultura de Xinjiang y, en los últimos años, se ha extendido por toda China con el auge de las redes sociales. Con el paso del tiempo, un número creciente de personas ha comenzado a apreciar las ricas tradiciones de zonas fronterizas como Xinjiang, mientras que los propios internautas de dicha región autónoma encuentran puntos en común con el contenido cultural que es compartido desde otras partes de China.

Este vínculo compartido forma parte de la perdurable civilización china, un legado milenario que ha evolucionado a través de las migraciones e intercambios de innumerables familias.

Samat estaba cansado del estereotipo que reduce a los residentes de Xinjiang a simplemente cantar y bailar. A través de sus documentales y su cámara, destaca a las personas que están construyendo Xinjiang: personas que, aunque tengan diferentes orígenes, comparten un profundo amor por la región.

Mi propia familia emigró a Xinjiang desde la provincia costera de Jiangsu hace dos generaciones. En la década de 1950, mis abuelos, recién llegados, aprendieron a criar el ganado de los uigures y kazajos, y a su vez les enseñaron a sembrar. A pesar de no hablar el mismo idioma, los años de convivencia les dieron mucho de qué conversar, dando lugar a un sentimiento de genuino aprecio mutuo.

Hoy, la primera lección que los niños chinos aprenden en la escuela es que este país es un hogar compartido para personas de diversas etnias, y que respetar las costumbres y tradiciones de los demás es esencial. Mi hijo, que nació en Beijing pero que lleva con orgullo su herencia de Xinjiang, encarna esta idea.

La diversidad no es algo que temer, sino que celebrar. Al encontrar puntos en común y fomentar el respeto mutuo, podemos construir la armonía, no solo en familias o comunidades, sino en regiones y naciones enteras. En un mundo crecientemente interconectado como el de hoy, esa lección cobra más relevancia que nunca.  

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