Muy recomendado
Un hogar lejos de casa
2025-08-29    Fuente: Centro para las Américas    Autor: LUKE JOHNSTON*

Septiembre de 2024. Luke Johnston se toma una selfie frente a una yurta kazaja en la pradera de Nalati (Narat), en la prefectura autónoma kazaja de Ili. Foto cortesía del autor

17 de septiembre de 2023. Vista del Parque Industrial de Computación en la Nube de Karamay, Xinjiang. Cnsphoto

SIEMPRE he creído en el suave murmullo del destino, una voz serena pero persistente que nos llama hacia lo desconocido, guiándonos a lugares que resuenan con nuestros sueños más profundos. En 2021, esa invitación melódica me llevó por primera vez a Xinjiang, una tierra tan vasta que une desiertos y praderas, montañas y rascacielos en un solo paisaje impresionante. Como una canción de cuna del desierto, Xinjiang me llamó, y yo respondí.

Bajar del avión fue como saltar al vacío de los rumores y titulares que había escuchado. Las historias difundidas en los medios occidentales pintaban imágenes de miradas vigilantes tras cada esquina. Pero justo cuando la incertidumbre —ser un rostro extranjero en un lugar tan nuevo— empezaba a inquietarme, me envolvió una hospitalidad como nunca antes había imaginado.

Comienzo de un viaje

En mi primer día, me dispuse a entrevistar a algunas personas locales de la etnia uigur para un video en redes sociales, con la esperanza de captar el auténtico espíritu de Xinjiang. Al ver a un grupo de jóvenes despreocupados, tatuados y bebiendo cerveza, sentí un poco de nerviosismo: ¿desconfiarían de un extranjero aquí, después de toda la mala prensa internacional? ¿Me metería en problemas solo por hacer preguntas? Pero al acercarme, la sorpresa fue toda suya: me contaron que yo era el primer extranjero que conocían en persona. Pronto, la risa reemplazó mis nervios, y entre mi chino rudimentario y su inglés igualmente imperfecto, charlamos como viejos amigos que aún no se habían encontrado. Insistieron en invitarme a una bebida y luego, generosamente, me llevaron a su casa, una oferta que quizás habría dudado en aceptar en mi propio país, donde confiar en desconocidos no es tan común. Pero en ese momento, la hospitalidad fluyó con naturalidad, como algo inevitable, y comprendí cuán rápido Xinjiang estaba enterrando mis prejuicios.

Me recibieron en su hogar, sirviéndome té humeante de una tetera ornamentada y desplegando un festín de platos locales. No era una comida cualquiera. Era una iniciación, un bautizo de bondad, como si me dijeran: “Estás aquí, así que ahora eres familia”. Ese día aprendí que en Xinjiang, la comida y el afecto van de la mano, y cuán fácilmente los corazones se abren ante un extraño curioso. Mis anfitriones bailaron al ritmo de la música local y sus pies marcaron el compás sobre alfombras coloridas en una celebración ferviente de la vida. Mis manos aplaudieron y mi corazón se elevó, lleno de un sentido de pertenencia que inundaba la habitación.

Un rostro familiar

Hay algo curioso en mi apariencia: de algún modo, me parezco a los uigures locales, con piel clara y ojos grandes. En los mercados y restaurantes, la gente me saludaba en uigur con una sonrisa cálida. Al darse cuenta de que no era de allí, se reían y cambiaban al chino estándar. Esto me reconfortaba, recordándome que podía integrarme más de lo que esperaba, y me hacía sentir más conectado con la cultura. En otras ciudades de China, a menudo me miraban por verme diferente, ¡pero aquí nadie lo notaba! Este fue el impulso que me llevó a querer aprender el idioma que tan amablemente me recibió desde el primer día: el uigur.

Dejé Xinjiang después de unos días, pero dos años después, en 2023, y de nuevo en 2024, regresé como un pájaro migratorio que vuelve a climas más cálidos. Cada vez, aunque en ciudades distintas —desde Kashi (Kashgar), capital de la prefectura homónima, hasta Yining, capital de la prefectura autónoma kazaja de Ili Kazaj—, me recibía la misma calidez, con gente quien me invitó a sus casas. Quizás así es como Xinjiang acoge a los viajeros: les entrega su corazón con tal generosidad que estos dejan atrás un pedazo de sí mismos, asegurando su regreso. Fue por esto que decidí comenzar un nuevo capítulo de mi vida en Xinjiang. Tomé la valiente decisión —poco común entre extranjeros— de mudarme y establecerme aquí. Claro que hay nervios, pero desde el primer día, de algún modo, ya sentí que este era mi hogar.

Xinjiang ofrece tanto por explorar que creo que nunca me aburriré. Sorprendentemente, es siete veces más grande que mi país, el Reino Unido. El territorio es inmenso, con incontables rincones por descubrir. De hecho, solo he recorrido una fracción: por más que regrese, siempre habrá valles ocultos, desiertos abrasadores y cumbres nevadas por conocer, desde Turpán, el lugar más caluroso de China, hasta Altay, donde la nieve y las pistas de esquí te hacen sentir en los Alpes. Las praderas de Ili también fueron un asombro, con kazajos que viven en yurtas mientras pastorean su ganado. Cada ciudad es un reino propio, con idiomas, costumbres y platos distintos que reflejan una cultura moldeada por la historia local, Asia Central y más allá.

El próximo capítulo

Como alguien que está a punto de recibir su doctorado en inteligencia artificial (IA) por la Universidad Jiao Tong de Shanghai, muchos me preguntan: “¿Por qué Xinjiang? ¿No serían Beijing o Shanghai centros más lógicos para la tecnología?”. Pero yo miro más allá. Visualizo un futuro donde la IA pueda entrelazar las diversas culturas y paisajes de la región. Xinjiang, especialmente la ciudad de Karamay, ya ha empezado a transitar ese camino.

Conocida históricamente por su producción petrolera, Karamay está dando un salto hacia una nueva era impulsada por centros de datos de vanguardia. Uno de ellos, operado por la empresa Carbon Neutral Network Technology, utiliza un sistema de refrigeración por agua que calienta oficinas mientras enfría equipos, facilitando cálculos masivos de IA y almacenamiento en la nube para empresas globales. Muchos no lo saben, pero DeepSeek, una empresa tecnológica con sede en Hangzhou que recientemente sorprendió al mundo con un modelo de lenguaje de IA de código abierto, colaboró con Karamay para lograrlo. La ubicación de Xinjiang —donde convergen Asia y Europa— le brinda ventajas logísticas.

Con recursos naturales abundantes e infraestructura en rápida modernización, cada vez más centros de investigación, innovación y manufactura avanzada se están estableciendo aquí, con empresas de IA que colaboran en la recolección de datos y que están posicionando a Xinjiang como el corazón de esta tecnología en China.

Así que aquí estoy, de vuelta en Xinjiang para otro capítulo, y mi primer mes ha sido revelador. Me advirtieron que encontrar personas que hablaran inglés sería difícil y que cada día traería nuevos obstáculos comunicativos. Afortunadamente, pronto descubrí los “English corners” (grupos de intercambio en inglés), donde se reúnen entusiastas que comparten sus experiencias en un inglés sincero, aunque imperfecto.

Otros me dijeron que la vida aquí sería aburrida comparada con el bullicio de Shanghai. En cambio, encontré una ciudad que late con energía hasta la madrugada: calles convertidas en mercados gastronómicos, bares con bandas locales y fuegos artificiales al amanecer durante el Año Nuevo chino (¡algo prohibido en Shanghai!). Para mí, este lugar rebosa naturaleza y paz, pero también vida.

Vine a Xinjiang por curiosidad, por una fuerza que no pude resistir. Xinjiang es un lugar de puertas abiertas, ya sea en las humildes casas que te reciben con té o en los centros de datos que allanan el futuro. Así llegué aquí, y por eso me quedo: mientras exploro este lugar, descubro partes de mí mismo que nunca supe que existían. 

*Luke Johnston es un creador de contenido británico en YouTube, actualmente residente en Urumqi.

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